Cuando Raül López viajó a Salt Lake City para vestirse los apretados pantaloncitos de John Stockton (apretaban por lo escaso de la tela; apretaban por la responsabilidad de suceder al mito), se cortó el flequillo con el que enamoraba en la ACB. Pálido y aseado, llegó a Utah Jazz convertido en el perfecto yerno mormón. Unas rodillas frágiles frustaron el romance.

Vean ahora a Ricky Rubio, el perfecto poster boy para una franquicia huérfana desde este verano de otro héroe atractivo como Gordon Hayward. El all star prefirió reunirse con su antiguo mentor Brad Stevens en Boston y dejó vacante la plaza de líder de una franquicia histórica que por fin había vuelto a los Playoffs. El Rubio que volvió a quedarse a las puertas de fase final de la NBA con Minnesota hace cuatro meses era otro prohijable chico blanco con el que atraer a los fieles al pabellón. Pero mírenlo otra vez y ahora fíjense bien.

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Ricky se ha hecho el tatuaje enorme de un león y su cachorro en el brazo derecho, el brazo con el que desgarra defensas a mordiscos de pase picado. Ricky se está dejando crecer una melena y una barba leoninas. Ricky se permite bromear con el líder de The Strokes en Twitter. Ricky está creciendo.

Porque Ricky quiere ser el titular de la Selección española en el Eurobasket y sabe que en la NBA lo sería por delante del Chacho y de Navarro. Ricky quiere vengarse de Thibodeau (su antiguo y su nuevo equipo deberían pelearse por un puesto entre los ocho mejores de la Conferencia Oeste) que le ha arrebatado sus Wolves ahora que tienen una superestrella como Jimmy Butler. A él, que aún imberbe los condujo por estos años de desierto, a él que era el que mejor entendía en ese vestuario que al baloncesto también se gana defendiendo.

Ricky tiene cuentas pendientes y ahora también tiene una actitud para saldarlas. Tal vez en Utah esperaban otro base blanco y formal. Les llegará uno barbudo y tatuado, con una actitud más Pistol que Stockton. Les llegará uno al que ya no dejan aullar y que por eso quiere rugir.

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