Zach Randolph es uno de los veteranos más respetados de la NBA. Por sus orígenes humildes, por su larga y productiva carrera, por su actitud en una pista de baloncesto. También lo es porque, en los últimos años con los Memphis Grizzlies, había metido su pasado conflictivo bajo la alfombra para convertirse en referencia moral de la franquicia. Pero el gangsta que Zach Randolph lleva en la sangre desde sus días de adolescente en algún lugar de Indiana siempre acaba saliendo.

El desde este verano jugador de los Sacramento Kings ha sido detenido en Los Ángeles, acusado de poseer una gran cantidad de marihuana con intención de venderla. Él, a sus 36 tacos, después de ganar 175 millones de dólares a lo largo de su carrera, presentándose en uno de esos projects que las películas y series estadounidenses nos muestran tan a menudo. Es el típico lío con armas de por medio y cierto grado de violencia policial en el que uno se pregunta qué hace en medio un reputado y ya talludito multimillonario de la NBA.

Atrás parecían quedar los años más turbulentos de Zach Randolph, ahora un ilustre veterano cuya etapa de 8 años en Memphis parecía haberle cambiado para siempre. Pero el Z-Bo de la era Jail Blazers nunca se fue del todo. Aquel equipo de Portland, con Bonzi Wells, Qyntel Woods, Ruben Patterson, Rasheed Wallace, Damon Stoudemire, Shawn Kemp y algún otro elemento acaparó más titulares extradeportivos de lo deseable. «Hubo un año en el que el período más largo sin un jugador arrestado, suspendido por la Liga o el equipo, o con la policía apareciendo en su casa fue de 15 días», recordaba la prensa local en un reportaje de Grantland.

Y Randolph era parte activa de todo aquel lío colosal. Procedente de un hogar pobre de Indiana, Zach entró pronto en las fichas policiales, primero por varios robos y después por querer vender un arma robada. Luego fue arrestado por beber sin tener la edad legal. Cuando entró en la NBA, fracturó la órbita de uno de los ojos de su compañero Ruben Patterson durante un entrenamiento de los Blazers; fue suspendido y sancionado con 100.000 dólares. El nivel de matonismo en aquel equipo era tal que Randolph durmió varios días en casa de un compañero temiendo que si lo hacía en la suya, Patterson apareciese de repente con un arma para vengarse.

En el 2003 también fue pillado al volante consumiendo marihuana. Dos años después, mientras un colega conducía a toda velocidad uno de sus coches, Randolph le acompañaba portando dos armas semiautomáticas, para las que tenía permiso. el apogeo del Z-Bo gangsta llegó en el 2006, cuando se involucró con su compañero de equipo Qyntel Woods en una disputa sobre peleas de perros. Se acabaría descubriendo que Woods organizaba en su casa peleas ilegales y que mantenía en condiciones patéticas a uno de los animales. En serio, la lista de sucesos de aquelos años en Portland es increíble.

En el 2011, Zach Randolph dio una macro fiesta en su mansión de más de un millón de dólares en Portland, donde ya no residía. A altas horas de la madrugada, los vecinos alertaron del ruido porque los colegas de Randolph habían molido a golpes con tacos de billar a un conocido traficante de marihuana local. Parece ser que la venta no fue del todo bien. No hubo cargos contra el pívot de la NBA, sobre quien pesa otra sospecha: ser el señor de la maría en todo el estado de Indiana, una sospecha que la policía al menos albergó durante un tiempo.

La historia de Randolph no es la primera ni será la última. Chico negro de origen extremadamente pobre prospera gracias a su talento deportivo (Zach nunca pudo saltar ni correr demasiado, pero tiene un instinto natural para el rebote y un tacto en su mano izquierda inigualables, efectivos aun hoy), pero sigue llevando allá donde va el barrio. Algunos señalan a sus amistades, a las que sacó de Indiana para llevar una vida mejor al rebufo de sus contratos millonarios. Aquí alguno de ellos en el infame episodio de MTV Cribs, con la casa de Zach Randolph y la mesa de billar donde seguramente fue apaleado el camello:

Otros simplemente creen que Randolph se resiste a dejar de ser un adolescente y no quiere decepcionar a ese espíritu gangsta. En cualquier caso, a sus 36 años, y a pesar de haber escapado (por los pelos) de la figura del juguete roto tan frecuente en la NBA, Z-Bo vuelve a salir derrotado en las calles.

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