No es común que una estrella de la NBA desnude sus dudas y flaquezas en público. Menos aún que esas dudas y flaquezas coincidan exactamente con las que analistas y aficionados han mantenido siempre sobre él. Por eso el discurso con el que Tracy McGrady ingresó esta semana en el Salón de la Fama del Baloncesto fue especial: porque T-Mac reconoció que al saber de su nominación «tenía un montón de pensamientos en mi mente sobre por qué no merecía estar aquí y me puse a pensar en todos estos grandes de la NBA, que habían logrado tantas cosas grandes, y entonces comencé a compararme a ellos».

El jugador de Florida se retiró en 2013 tras 15 años en la liga. Tenía solo 18 cuando se hizo profesional, así que se retiró joven, con 33, obligado por un cuerpo achacoso y castigado por las lesiones. Lo conocimos como el primo de Vince Carter en los Toronto Raptors, después como la máquina anotadora de Orlando Magic y, antes de su tiempo de propina en Knicks, Pistons y Spurs, como el socio del frágil Yao Ming en aquellos Houston Rockets que pasaron más tiempo en la enfermería que en los playoffs.

Bajo esos párpados caídos que le conferían su imagen indeleble de perezoso, McGrady vio pasar sus mejores años sin llegar a atisbar siquiera la posibilidad de ganar un anillo. Sus equipos, más huérfanos de suerte o salud que de talento, naufragaban una y otra vez en primera ronda. En su currículo brillan logros individuales: un premio al Jugador Más Mejorado, dos títulos de máximo anotador (32.1 puntos de media en 2003), siete apariciones en los mejores quintetos de la liga y otras siete elecciones para el All-Star.

T-Mac cuestionó en voz alta desde el Hall of Fame de Springfield sus méritos para entrar en la colección de mejores jugadores de todos los tiempos. Los tuvo, aunque no sean cuantificables estadísticamente o en palmarés. Aun sin acercarse a la victoria colectiva, fue el jugador favorito en la primera década del siglo para miles y miles de fans que adoraban su elegancia natural, su explosividad cerca del aro, su talento como anotador y como creador, su mutante habilidad para atacar y defender en varias posiciones. Fue, en las nunca regaladas palabras de Kobe Bryant, el rival más duro al que se enfrentó en su carrera.

Dejó incontables highlights antes de la explosión global de las redes sociales que lo habrían convertido en un fenómeno viral constante. Podemos escoger tres obras maestras imperecederas:

–  un mate con autopase a tablero en un partido de las estrellas;

–  una anotación de 62 puntos en un Magic-Wizards;

–  y, por encima de todo, aquella remontada unipersonal de 13 puntos en 33 segundos en un Rockets-Spurs de 2004, una hazaña grabada en la historia de la NBA.

A Tracy McGrady no lo adornaron los títulos, pero el Olimpo que los estadounidenses construyeron para el baloncesto se llama Salón DE LA FAMA y, con sus esporádicas maravillas, T-Mac tuvo tanta o más fama que cualquiera. Por eso tampoco queda más remedio que volver a coincidir con el jugador cuando al final de su discurso en Springield se sinceró consigo mismo y respondió a las dudas que le atenazaban: «Sí, merezco estar aquí».

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