La NBA, quizás la liga deportiva de mayor impacto global, creía haber instalado un sistema de equilibrio perfecto para garantizar el interés de la competición: el draft. En un escenario ideal, los peores equipos del torneo tendrían la oportunidad de elegir a los mejores jugadores universitarios para comenzar a mejorar de manera inmediata y el talento se iría repartiendo naturalmente entre todas las franquicias.

Tras un verano en el que los Boston Celtics, finalistas de la Conferencia Este, obtuvieron el número 1 del draft (y de paso a Kyrie Irving y Gordon Hayward), y en el que Oklahoma City Thunder ha logrado añadir a Paul George y Carmelo Anthony al MVP de la temporada, Russell Westbrook, está claro que algo falla. Los mejores jugadores sueñan con juntarse en un puñado de equipos y el comisionado Adam Silver observa con espanto cómo por cada ejemplo de excelencia como Golden State Warriors surge otro compendio de disfuncionalidades, digamos por ejemplo Orlando Magic.

Desde Detroit, el general manager y entrenador de los Pistons, Stan Van Gundy ofrece una solución tan simple como drástica a todo esto: «Me lo cargaría, simplemente eliminaría el draft de un plumazo».

Según Van Gundy la reforma del sorteo que la NBA formuló el pasado jueves no resuelve nada. Hasta ahora el equipo que terminaba la temporada con el peor balances de victorias y derrotas tenía un 25% de posibilidades de lograr el número 1 del draft; con un 19,9% para el segundo y un 14% para el tercero. Desde esta temporada, las tres peores franquicias tendrán las mismas opciones: un 14%. Es la fórmula en la que confía la liga para combatir el tanking, la voluntariedad más o menos expresa de perder partidos para aumentar las opciones de escoger al mejor novato.

El entrenador concibe una idea mejor para frenar el deseo de perder: eliminar el cebo que supone el draft. «Solo tendríamos que atenernos al tope salarial», formula. «Convertiríamos a todos los rookies en agentes libres al llegar a la liga y si yo quiero pagarle a un tipo 50 millones de dólares al año, bien, pero lo tendré que hacer dentro del tope». Para Stan Van Gundy es la forma más sencilla de volver a equilibrar la competición.

El arquitecto de los Detroit Pistons no cree en las buenas intenciones de la NBA. Piensa que aunque Silver y sus asesores hablan de nivelar las oportunidades de las franquicias, «quieren los súperequipos, y lo entiendo, porque les funciona bien a nivel de negocio». Van Gundy cree que sin draft y sin fijar un contrato máximo individual en los jugadores «empezaríamos a tener algo de paridad en la liga, pero la liga realmente no quiere esa igualdad».

En esa supuesta NBA sin draft y cuestionado por el deseo de los rookies de ir a jugar a los grandes destinos, despreciando los mercados pequeños, Van Gundy confía en una autorregulación natural: «Dicen que todo el mundo querría irse a jugar a Los Ángeles. Bien, ¿a cuánto dinero renunciarían para ir a esos sitios?». Dicho de otro modo: con la solución Van Gundy sobre la mesa y los novatos convertidos en agentes libres, ¿habría mantenido Lonzo Ball su deseo de jugar en los Lakers si, es un decir, los Pelicans le hubiesen ofrecido el máximo contrato posible?

A Stan Van Gundy le da la impresión de que el modelo actual permite a unas cuantas franquicias «driblar» las limitaciones de la competición y perpetuar su dominio. Por eso quiere alterar el rumbo. Porque de driblar nadie sabe más que él.

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