Las oficinas de la NBA en Nueva York han tenido un verano movidito. A pesar de que la liga va cómo la seda a niveles de popularidad en todo el mundo y también en lo económico (ahora mismo, la NBA es una máquina de imprimir dinero con tinta y papel ilimitados), el comisionado Adam Silver ha querido ir puliendo algunas de las aristas que ofrecían cierto roce y resistencia al espectáculo. Que si las normas anti tanking, que si la regla para que las estrellas no se ausenten en sus visitas a ciertos mercados y ante ciertas televisiones, que si nuevas normas para que faltas potencialmente peligrosas o que traben el juego en un exceso de celo se vean limitadas… La última de esas ideas afecta a la cita cumbre del espectáculo NBA, el All Star, una cita tan esperada como criticada cada año por la falta de competitividad. Y el paso para cambiarlo es borrar la frontera entre Este y Oeste.

En el Partido de las Estrellas ya no se medirán los mejores de cada Conferencia. Y esa barrera imaginaria es un tema candente en la NBA en algo mucho más trascendente que el All-Star. Desde hace tiempo, con la creciente desigualdad entre Este y Oeste en favor de los segundos, se barrunta en la Liga estadounidense que los play offs no se restrinjan a los 8 mejores de una Conferencia y los 8 mejores de otra. Porque se están quedando fuera de las eliminatorias por el título equipos del Oeste que son sensiblemente mejores que los que entran en play off en el Este.

Posiblemente sea una reforma mucho más profunda y peliaguda que la del All Star. El nuevo sistema para el partido implica que los dos jugadores con más votos de los fans se convertirán en capitanes de los dos equipos, y elegirán ellos mismos a los otros 11 jugadores. Desaparece así el partido Este contra Oeste. Pero no del todo la barrera entre Conferencias. Los 24 allstars seguirán siendo elegidos como hasta ahora: 12 por conferencia, elegidos por voto popular, jugadores y técnicos. Quitados los 2 capitanes, los 22 restantes pasan a ser como los niños en los partidos del recreo esperando a que los más populares los elijan para su equipo.

Ahí entrarán en juego egos, afinidades y enemistades para ver cómo se configuran las plantillas de una fiesta del baloncesto que últimamente tenía demasiado de fiesta y poco de baloncesto. El All Star necesitaba un meneo y la fórmula acordada entre NBA, sindicato de jugadores (con Chris Paul a la cabeza) y propietarios (se dice que Michael Jordan tuvo una voz cantante en las decisiones) puede ser interesante. Menos comentada ha sido la también decreciente barrera en las posiciones de los jugadores elegidos. Con un juego cada vez más basado en el tiro exterior y la rapidez, con los pívots tradicionales siendo especies en extinción, la rigidez de tener que votar a un base, a un escolta, un alero, un ala pívot y un pívot generaba problemas en las elecciones de los aficionados, periodistas y entrenadores.

Ahora, la NBA dice que hay que escoger para el All Star un quinteto de dos jugadores exteriores y tres interiores, sin especificar mucho más allá. Posiblemente, eso dinamice un poco las elecciones. Pero el verdadero problema seguirá siendo el partido, donde las defensas no importan y sí la compulsión de buscar el alley oop y el mate imposible. La NBA tiene difícil evitar que el All Star sea tan festivo para el aficionado como para el jugador, que se corre unas buenas juergas durante todo el fin de semana del Partido de las Estrellas. Quizás la clave, como vienen reclamando muchos periodistas año tras año, es que el All Star acarree un buen premio en metálico por objetivos. Por ahora, mejor empezar con difuminar las fronteras.