Pocas épocas ha habido mejores que la actual para ser jugador de la NBA. Los contratos televisivos han inyectado más dinero del que los propietarios pueden contar y el tope salarial se ha disparado. Durante los últimos meses hemos visto cómo las franquicias cubrían de billetes a sus estrellas, y no tan estrellas, y el último afortunado en esta fiesta de contratos máximos ha sido Joel Embiid.

El pivot y los Philadelphia 76ers han cerrado un acuerdo por cinco años y 148 millones de dólares. Recibe además la condición de ‘jugador designado’, que para los que están en contrato rookie, como él ahora, puede suponer un incremento de 30 millones si en los próximos años logra entrar en alguno de los quintentos ‘All NBA’ o se proclama MVP.

Y ahí es donde está el gran condicionante de Embiid. No por su talento, sino por su salud. Porque el pivot camerunés ha alcanzado este contrato después de llevar tres temporadas en la liga y haber jugado sólo 31 partidos. Los Sixers lo draftearon lesionado en 2014. Se perdió su primera campaña y cuando se preparaba para estrenarse en la 15-16 recayó de su lesión en el pie.

El año pasado por fin jugó sus primeros minutos y no decepcionó, pero a mediados de temporada tuvo que parar de nuevo por una lesión de rodilla. Eso sí, demostrando antes de irse al dique seco lo que podía dar: 20 puntos, 8 rebotes y 2 asistencias por partido. Y lo que es más importante, haciendo de Philadelphia una franquicia en la que ganar partidos ya no resultaba una quimera.

Embiid no ha debutado todavía en esta pretemporada, pero ya se entrena con normalidad y se espera que pueda jugar desde el primer partido. El objetivo de ‘The Process’ es empezar a ser más conocido en la cancha que en Twitter y junto a Ben Simmons sacar de las sombras a una franquicia que ha puesto 148 millones de razones para ello en su bolsillo.