Había anotado ya miles de mates así en contraataque. LeBron James salta hacia el aro, agacha un poco la cabeza para no dejarse la crisma en el hierro, y con su mano derecha hunde la bola con violencia para que salga escupida como una bala de la red. Después aterriza y vuelve trotando a su mitad de la pista con ese andar tan propio, el pecho hacia afuera y los puños a la altura del torso. Anoche lo volvió a hacer, pero no era una de tantas ocasiones. Era el punto 29.000 en su carrera. Porque LeBron no para de derribar récords. Es el séptimo jugador que llega a esa marca en la historia de la NBA. Es el más joven en hacerlo.

Eran también dos de los 57 tantos que anotó en la cancha de los Washington Wizards. Porque los Cleveland Cavaliers no acaban de arrancar y de vez en cuando a James le toca remangarse. No lo dejan descansar tranquilo.

El plan de los campeones de la Conferencia Este es conocido: clasificarse como sea para playoffs y, una vez en ellos, que su estrella haga el resto. Hace siete temporadas que no se juega una final de la NBA sin James en la pista. Para que no se rompa la racha, hay que permitir al líder que se autorregule, que descanse lo que sus 32 años de edad le pidan después de más de 41.000 minutos jugados en 15 temporadas. Sobre todo porque en el horizonte asoman los Boston Celtics del renegado Kyrie Irving que ya asustan con una racha de siete victorias seguidas. Los Cavs acumulaban cuatro derrotas consecutivas y LBJ dijo basta con 57 puntos (y 11 rebotes, siete asistencias, tres robos y dos tapones). 122-130 en casa de otro aspirante y crisis abortada.

Anoche había un acicate para los Cavs. John Wall, que es tan bueno como lenguaraz, había asegurado que los de Cleveland temen a los Wizards y que si en la pasada temporada se dejaron caer hasta el segundo puesto de la conferencia durante la temporada regular fue para no cruzarse con ellos en segunda ronda de playoffs. Bron-Bron se llevó la victoria de Washington para demostrar que aún son otros los que deben temerlo a él. Wall se quedó sin triunfo y con una lesión en un hombro que no reviste gravedad.

Y como James no da puntada sin hilo, con sus 57 puntos (a cuatro tantos de su récord personal) igualó la mejor anotación de Irving en su carrera con los Cavaliers. A estas alturas, con apenas diez partidos disputados de los 82 en el calendario, la temporada parece un estorbo que retrasa el esperado duelo LeBron-Kyrie en la final del Este.

Tras la victoria y el puñetazo en la mesa de la liga, el 23 de Cleveland volvió a subirse al avión para grabar sus ya famosos vídeos de Instagram haciendo karaoke con sus discos de rap favoritos. El domingo recibe en Ohio a los Atlanta Hawks. Antes del partido volverá a entrenar manteniendo el equilibrio sobre unas burbujas, su última locura para mantener la eterna juventud. Después se planteará si hace falta forzar la máquina para ayudar a Kevin Love, Derrick Rose y el resto de sus compañeros. Porque LeBron James, según decía anoche en los pasillos del Capitol One Arena, nunca se ha sentido mejor en toda su carrera.

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