Los Golden State Warriors habían perdido dos de los primeros tres partidos de la temporada de la NBA. Las sensaciones eran un poco inquietantes: pérdidas de balón se sucedían lastrando un ataque que, de todas formas, era eficiente al nivel de sus estrellas; defensivamente, faltaba cierta coordinación y las transiciones tras la recuperación del rival eran mejorables. Esos síntomas aparecían incluso en las victorias que luego fueron poniendo el récord de los Warriors en positivo. Pero, como los Cavaliers, el inicio era un poco decepcionante. Sólo que, a diferencia de los de Cleveland, los actuales campeones ya parecen haberse centrado y ahora convierten cada partido en un hábito sólo al alcance de los equipos míticos: ganar siempre de 20.

Los Warriors sumaron ante los Timberwolves en la madrugada del jueves la quinta victoria consecutiva. Ante el candidato a equipo revelación y poder emergente del Oeste, los de Steve Kerr usaron un tercer cuarto de 44 puntos para romper el partido y ganar cómodamente 125-101. Todo sin Kevin Durant, que se quedó en casa descansando por un golpe en un muslo. El último cuarto, como viene siendo habitual, ya no necesitó del concurso de Stephen Curry. Repetimos: sin Kevin Durant. En la racha vigente de 5 triunfos seguidos, los Warriors han logrado una ventaja media sobre sus rivales de algo más de 21 puntos, y han ganado todos por al menos 15 puntos, algo histórico en la franquicia.

La temporada pasada, los periodistas que siguen la actualidad de los Golden State Warriors resaltaban los partidos en que el equipo superaba las 30 asistencias. Han dejado de hacerlo, porque ya es la norma. Ante los Wolves, repartieron 37. “Tuvimos un inicio un poco complicado, pero lo superamos y ahora estamos haciendo el típico baloncesto de los Warriors, todo el mundo implicado”, dijo Steph Curry, MVP de su equipo en el arranque de temporada, 26 puntos, casi 7 asistencias y su habitual eficiencia desde el triple, con una creciente influencia en todos los aspectos del juego de los Warriors.

En la racha actual, los rivales no llegan a 100 puntos de promedio cuando llegaron a hacer más de 110 en el arranque de temporada. Ajustada la defensa y con alguna pérdida menos (aunque ante los de Minnesota hicieron 19), la aportación creciente del banquillo habla más de la puesta a punto que la habitual brillantez de Curry, Durant y Klay Thompson.

En un flojo segundo cuarto, los puntos de David West y la aparición de Omri Casspi (una bendición a un precio ridículo por su tamaño, su movimiento constante y su capacidad para tirar de tres) mantuvieron una ventaja corta al descanso que luego se convirtió en una paliza. Nick Young anotó desde el banquillo y, sobre todo, defendió y creó desde el bote. Javale McGee fue mejor que los pívots suplentes de los Timberwolves. En fin, la profundidad de banquillo que empieza a mostrar Golden State es un serio problema para el resto de la NBA.

“En realidad hasta me gustan estos partidos en los que tenemos que sentar a alguien”, dijo Kerr sobre la ausencia de Durant. “Es bueno para el equipo. Tenemos mucho talento y podemos permitirnos perder a alguno de nuestros jugadores principales, y aún así competir a un nivel alto”. Ante los Timberwolves, la ausencia de Durant no se notó ni en los tapones: los Warriors colocaron 9. Demasiadas armas cuando un equipo convierte en un hábito ganar de 20.