Dallas Mavericks tiene el peor récord de la NBA junto con Atlanta Hawks: nueve derrotas en 11 partidos. No es el peor equipo, porque un conjunto entrenado por Rick Carlisle puede no ganar, pero no está diseñado para perder. Aun así alcanzar los playoffs de la salvaje Conferencia Oeste se está convirtiendo en una quimera para una franquicia que lleva años resistiéndose a apretar definitivamente el botón de reset. Parece que no lo hacen por una cuestión de respeto: porque es Dirk Nowitzki quien se ha ganado el derecho a bajar el telón a toda una época histórica en el equipo tejano.

Los Mavs perdieron 104-111 frente a los Cleveland Cavaliers en la última jornada. Hubo un momento del último cuarto en el que LeBron James se vio frente al gigante alemán. Detectó esas rodillas más castigadas aún que las suyas y buscó el aclarado. Se desembarazó de un Dirk incapaz de encontrar una velocidad que nunca tuvo, y menos ahora, para machacar el balón a placer.

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No hay ensañamiento en esa acción, sino respeto de un jugador de leyenda buscando un uno contra uno frente a otro futuro hall-of-famer. LeBron defendió en la víspera del partido que «no hay que hablar todavía de eso», en referencia a la posible retirada del 41: «Cuando toque, hablaremos, pero por ahora él todavía juega». Quiso recordar que Nowitzki ha sido un ejemplo de «compromiso para la excelencia, de ser un profesional dentro y fuera de la pista». Y tiene muy presente que el alero de Dallas le lleva 1.500 puntos y un puesto de ventaja (es el sexto) en la lista de máximos anotadores históricos de la NBA.

A sus 39 años, el de Wurzburg está jugando 24 minutos por partido, diez menos que la media de su carrera, y anotando 10,2 puntos por encuentro frente a los 21,6 que ha acreditado durante 19 temporadas en Estados Unidos. Posee todos los récords de los Mavericks en puntos, rebotes, tiros de campo, triples, tiros libres, titularidades, partidos y minutos jugados. Los de Dallas podrían sustituir su logotipo por el perfil de Dirk Nowitzki haciendo su famoso lanzamiento arqueado, con el cuerpo inclinado hacia atrás y una rodilla levantada y nadie se quejaría. Pero la etapa que lideró, con la cima del título de 2011, se está agotando.

Mark Cuban, el histriónico propietario de la franquicia, nunca ha querido reconstruir. Sentía, con razón, que con una figura así en su equipo debía aprovechar cada temporada para competir al máximo de las posibilidades. Pero ni siquiera la experiencia, el saber hacer del entrenador y el liderazgo de Dirk bastan para mantener a Dallas en la pelea del mismo modo que otros equipos veteranos como San Antonio o Memphis lo intentan cada año aun sin fichajes de megaestrellas.

Nowitzki no ha hablado abiertamente de su adiós a la cancha. Sí ha insinuado que los 40 años podría ser una buena edad para dejarlo. A su alrededor se sientan un rookie con pinta de novato del año, Dennis Smith Jr.; algún vestigio del mejor pasado, J.J. Barea; y una serie de talentos que por incapacidad o lesiones no han exprimido su potencial, como Harrison Barnes, Nerlens Noel y Wesley Matthews. Los Mavs precisan reiniciar. Pero quieren que sea Dirk quien apriete el botón.

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