“Fue una buena racha, pero iba siendo hora de que terminase”. Kyrie Irving casi parecía aliviado por la derrota que ponía fin a una lista de 16 victorias seguidas de los Boston Celtics, el mejor equipo de la NBA. Una imbatibilidad así coloca demasiada presión en una temporada tan larga como la estadounidense. Cuando eres el rival a ganar no hay que equipo que se tome una noche de relajo contra ti. Así que a los de Brad Stevens no les incomoda mucho una derrota aquí o allá. Sobre todo si siguen siendo la mejor defensa de la competición (95,3 puntos encajados por partido) y los terceros en net rating (con 6,5 puntos positivos de diferencia entre rating ofensivo y defensivo por 100 posesiones).

Tras vencer por el camino a potencias del Oeste como Warriors, Spurs o Thunder, para que los Celtics cayesen tuvo que pasar algo extraordinario. Dion Waiters es algo extraordinario, un factor de riesgo en una cancha de baloncesto que puede decantar la balanza a favor o en contra de su equipo, Miami Heat. En esta ocasión salió cara para los de Eric Spoelstra. Los locales se impusieron 104-98 a los bostonianos con una secuencia de jugadas protagonizadas por el explosivo escolta y que comenzaron por un triple imposible de Waiters: el balón, corto, rebotó en el aro, se elevó hasta el borde superior del tablero, cayó de nuevo en el aro y entró. En ese momento exacto todo el mundo tuvo claro que Boston no iba a ganar el partido.

Los Celtics se sacaron un peso de encima y tomaron nota de un rival imprevisible en caso de que los Heat lleguen a playoffs. La noche tuvo algo de sabor a eliminatorias de la Conferencia Este. Se enfrentaron en Charlotte los Washington Wizards y los Hornets, con victoria para los de casa (129-124, prórroga incluida), que siguen enganchados a la sorprendente productividad anotadora de Kemba Walker (23 puntos por partido, 12º máximo anotador de la NBA) y a otra de esas periódicas resurrecciones de Dwight Howard (15,2 puntos y 12,9 rebotes por encuentro; veremos lo que dura).

En el Madison Square Garden continúan gozando de una Navidad adelantada, con los New York Knicks desafiando a la irrelevancia que todo el mundo les adjudicó. Se impusieron 108-100 a Toronto Raptors y son quintos en la conferencia tras endosar a los canadienses un parcial de 41-10 en el tercer cuarto. Tim Hardaway Jr. tuvo una noche de aquellas que tenía su padre en los Golden State Warriors de los años 90, anotando 38 puntos en el mejor partido de su carrera. Pero nada asombra tanto como ver a Kristaps Porzingis corriendo de canasta a canasta, taponando en un aro y machacando en el otro, como si no fuese un gigante que no debería moverse así.

Otros equipos candidatos a playoffs por el lado oriental del mapa ganaron a sus rivales del Oeste, demostrando que pasito a pasito el equilibrio de poder comienza a nivelarse gracias a los unicornios. Milwaukee Bucks se impuso 107-113 en Phoenix a los Suns sin necesitar a Antetokounmpo, que descansó por enfermedad. Les bastaron los 40 puntos de Khris Middleton.

Sí jugaron los especímenes extraordinarios de Philadelphia contra Portland. Los Sixers derrotaron a los Blazers 101-81, una paliza resumida en el monstruoso tapón de Joel Embiid a Damian Lillard. El gigante declaró que se ve como “el mejor jugador defensivo de la liga en este momento”. Lo parece.

Hemos cometido la osadía de siempre: hablar de la mayoría de aspirantes del Este y no mencionar al rey. Nunca está de más recordar que hace siete temporadas que no se juega una final de la NBA sin LeBron James. Los Cleveland Cavaliers se recuperan poco a poco de su mal inicio por empeño del MVP por defecto de la competición. Derrotaron 119-109 a los Brooklyn Nets.

La eficiencia estadística de The King está al nivel de las cuatro temporadas en las que ganó el premio al jugador más valioso de la temporada. Anoche tuvieron que darle puntos de sutura en la cara durante el tercer cuarto. Anotó 23 puntos en el período final para remontar y ganar el partido. Él solito se basta para asustar tanto como la ya extinta racha de los Celtics.

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