La NBA es se vive a menudo como una lucha de egos entre megaestrellas incapaces de ver virtudes más allá de su bote. Cada elogio al contrario puede entenderse como síntoma de debilidad y por ello, sobre todo en los partidos, las batallas, la balanza se inclina siempre al lado del trash talk. Más teniendo en cuenta el protagonista de esta historia, sorprende tanto el acercamiento que Russell Westbrook tuvo hacia Donovan Mitchell al final del duelo entre Oklahoma City Thunder y Utah Jazz.

El rookie está completando una temporada espectacular y volvió a ser el sostén de unos Jazz que intentan no descolgarse de la lucha por entrar en playoff. 29 puntos con una acertada serie de tiro (12/16), pero que terminó con una nueva derrota para los de Salt Lake City. Uno de los culpables, como no, fue Westbrook, que sigue acumulando triples-dobles y puso sobre la mesa 29 puntos, 10 rebotes, 10 asistencias.

La gran sorpresa para el novato llegó después de la bocina, cuando Westbrook tuvo unas palabras de ánimo para él, al que siguieron Paul George y Carmelo Anthony. Y es algo que viene repitiéndose con las grandes estrellas contra las que se cruza el base de los Jazz. Este gesto, viniendo de Westbrook, una bestia competitiva cuyo único objetivo es destrozar rivales, debería entenderse como un elogio, pero también queda para la interpretación de si se trata de una acción condescendiente, como dando a entender que, al menos de momento, Mitchell no supone una amenaza.

El joven anotador de los Jazz no dejó que el brillo de las estrellas lo cegara. Su reacción fue tan madura como sincera: “Me dijo que no parase. Que siguiera. Westbrook no suele hablar con nadie, por lo que es un honor que haya pasado. Pero yo quiero vencer a estos tíos. Los respeto al más alto nivel, pero lo que yo quiero es ganar”.

Son esas palabras las que revelan que la admiración por las grandes estrellas de la NBA debe quedar aparcada en el momento en el que entras en la liga. Porque Mitchell sabe que no se puede tener todo y lo normal es que, en el momento en el que empiece a ganar, si lo logra, esas buenas palabras se convertirán, como poco, en miradas desafiantes.