Desde los tiempos de LeBron James en el St. Vincent-St. Mary High School, ningún otro muchacho de instituto tenía secuestrada la atención del mundo del baloncesto estadounidense de esa manera. Quizás por ese paralelismo, Zion Williamson decidió imitar aquella vez en la que King James retransmitió la decisión de “llevar sus talentos a South Beach” y fichar por Miami Heat. Rodeado de su familia y con cierto nerviosismo (aunque su figura imponga más que la de cualquier hombre adulto, se trata de un muchacho de solo 17 años), el joven se sentó este sábado frente a decenas de micrófonos y cámaras, y ante miles de telespectadores ansiosos, para anunciar que jugará en la Universidad de Duke. ¿Y por qué tanto interés por el futuro universitario de un adolescente? Bueno, es que no todos los adolescentes hacen lo que hace Zion.

Lo que hace Zion Williamson ya debería estar claro para quien se haya tomado la molestia de ver el vídeo que hay sobre estas líneas. Se trata de una fuerza de la naturaleza de apenas dos metros de altura y unos 120 kilos de peso que se propulsa por el aire con la suficiencia de un Dominique Wilkins y destroza los aros con la violencia de un Shaquille O’Neal de bolsillo. Verlo jugar como ala-pívot en la Spartanburg Day School de Carolina del Sur, donde estaba promediando 37 puntos y 13 rebotes por partido, es como ver a Godzilla destrozar una reproducción de Tokio en cartón piedra en películas de serie B, o como contemplar un videojuego de baloncesto en modo fácil: un boom-shaka-la-ka-la tras otro del monstruito sobre sus indefensos rivales.

Así que muchas fueron las universidades de prestigio que acudieron a la puerta de la familia Williamson para convencerlos de las bondades de sus programas y de que serían capaces de abrirle a su criatura las lucrativas puertas del profesionalismo NBA. Entre ellas estaba alguna máquina de producir ilustres figuras como la Kentucky de John Calipari, padrino baloncestístico de astros como DeMarcus Cousins, Anthony Davis o John Wall. Pero en la víspera del anuncio casi todo parecía indicar que Zion acabaría jugando con los Tigers de Clemson, cerca de su casa, donde ya había jugado su padre, donde hay gran prestigio deportivo y atletas que baten récords del mundo.

Pero al final solo un hombre en el baloncesto universitario podía imponerse a la morriña y a Calipari: Coach K. El venerado Mike Krzyzweski, arquitecto de los tan odiados como ganadores Blue Devils de Duke, sedujo al fenómeno, tal como el propio Zion explicó: “Duke se impuso, porque la hermandad (apelativo con el que se denominan los del equipo azul) representa una familia. Coach K es el más legendario entrenador que jamás haya entrenado en el baloncesto universitario. Siento que yendo a Duke puedo aprender un montón de él mientras esté allí”.

La decisión sorprendió a propios y extraños, especialmente por la extraordinaria acumulación de talento que va a coincidir en Duke, con varios de los mejores proyectos universitarios del país obligados a compartir foco, lo que podría rebajar su lucimiento personal de cara a los ojeadores NBA. En el mismo vestuario Zion, número 2 del ránking de los 100 mejores jugadores de high school que elabora la ESPN, se va a encontrar con el número 1 de esa clasificación, R.J. Barett; el número 3, Cam Reddish; y el número 10, Tre Jones. Serán compañeros en el torneo de la NCAA, pero rivales cuando llegue el momento de optar al draft de la NBA. Claro que, viendo su fuerza arrolladora, cualquiera se atreve a colocarse en el camino de Zion Williamson.

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