“El 5 de noviembre, justo después del descanso contra los Hawks, sufrí un ataque de pánico”. Cuatro meses más tarde, Kevin Love ha decidido hablar abiertamente sobre lo que decidió ocultar tras de aquel encuentro. La prensa lo rodeó al día siguiente, deseando saber por qué había abandonado el pabellón para irse directo al hospital tras una pobre actuación, con cuatro puntos y cuatro faltas personales en los dos primeros cuartos. “Simplemente no me estaba encontrando bien, me dolía el estómago, tenía falta de aliento… Me mandaron al hospital para un chequeo rutinario, entré y salí”, dijo entonces. Ahora, en un artículo en la web The Players’ Tribune, el ala-pívot de los Cleveland Cavaliers se sincera

“Es difícil de describir, pero todo daba vueltas, como si mi cerebro intentase salirse de mi cabeza. El aire parecía denso y pesado. Mi boca era como la tiza. Recuerdo a nuestro entrenador asistente gritar algo sobre una formación defensiva. Asentí, pero no había escuchado casi nada de lo que había dicho. En ese punto estaba entrando en pánico. Cuando me levanté para salir del rondo, sabía que no podía volver al partido, como si fuese incapaz físicamente de hacerlo”. Así recuerda Kevin Love el malestar que lo llevó a correr hacia los vestuarios ante la estupefacción de su entrenador Tyronne Lue

Con la perspectiva del tiempo, el all-star de los Cavs rememora las circunstancias que precedieron a su crisis: “Estaba estresado por problemas que había tenido con mi familia. No estaba durmiendo bien. En la cancha, creo que las expectativas para la temporada, junto con nuestro inicio con cuatro victorias y cinco derrotas, estaban pesando sobre mí“. Love siempre ha sido percibido como un eslabón débil en el súperequipo que pretendían ser los Cavaliers, nunca a la altura de la súperestrella que se presumía cuando jugaba en los Minnesota Timberwolves. En Cleveland ha sido llamado a capítulo en varias ocasiones por LeBron James, a menudo insatisfecho con la endeblez defensiva de un jugador cada vez más restringido a aprovechar su lanzamiento exterior y rememorar periódicamente su extraordinario talento para el rebote. 

La máxima exigencia del deporte profesional de élite conlleva en ocasiones una serie de códigos con los que Kevin Love, ahora lo sabe, no comulga: “Cuando creces aprendes rápidamente cómo se supone que tiene que actuar un chico. Aprendes lo que conlleva ‘ser un hombre’. Es como un libro de normas: ‘Sé fuerte. No hables sobre tus sentimientos. Apáñatelas tú solo’. Así que durante 29 años de mi vida, seguí ese libro”. Pero el jugador californiano ha cambiado de parecer y está dispuesto a hablar sobre sus ataques de pánico: “Durante 29 años pensé que la salud mental era un problema de otros. Sí, sabía que en algún caso a alguna gente le ayudaba hablar sobre ella o pedir ayuda. Yo simplemente jamás pensé que eso iba conmigo. Para mí era una forma de debilidad que podía descarrilar mi éxito en el deporte o hacerme parecer extraño o diferente”. 

El equipo puso en contacto a su jugador con un terapeuta que visita regularmente. Pero la decisión de revelar sus problemas de salud mental se lo debe a otra estrella de la NBA: “Uno de los motivos por los que escribí esto se debe a haber leído los comentarios de DeMar (DeRozan, el escolta all-star de Toronto Raptors) la semana pasada sobre la depresión. He jugado contra DeMar desde hace años, pero nunca podría haber descubierto que lo estaba pasando mal con algo”. 

DeRozan, de 28 años, tuiteó a mediados de febrero la frase “Esta depresión saca lo mejor de mí”. Preguntado días después al respecto por The Toronto Star, reconoció que lidia con la depresión: “Es una de esas cosas que no importa cuán indestructibles parezcamos que somos, todos somos humanos al final del día. Me sucede algunas noches. Siempre he sido así desde joven, y creo que de ahí viene mi comportamiento. Soy muy callado si no me conoces”. 

“Todo el mundo está lidiando con algo”, tituló su artículo Kevin Love. “La salud mental es algo invisible, pero nos afecta a todos en un momento u otro, es parte de la vida”, concluye. Ahora la historia de Love deja en en peor lugar aún a los que le apuntaron en el vestuario cuando todo sucedió (hola, Isaiah Thomas).

El sindicato de jugadores de la NBA incluyó un acuerdo en la última negociación colectiva para que la liga dedique recursos para ocuparse del bienestar mental de los jugadores. Las revelaciones de DeRozan y Love ponen de manifiesto que estas enfermedades frecuentemente estigmatizadas también se manifiestan en el deporte más profesionalizado. Ahora Kevin Love tiene por delante la tarea de compatibilizar su condición con el listón de máxima exigencia que LeBron James establecerá cuando comiencen los playoffs en el vestuario de los Cavaliers

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