La hegemonía, la mística… la experiencia, al fin y al cabo, son factores que pesan mucho en la NBA cuando la competición alcanza el tramo definitivo. Y pocas noches quedará tan claro como en la última, cuando Lebron James y el TD Garden de Boston volvieron a ejercer como las dos certezas a las que siempre se agarra la liga cuando llega el mes de mayo, con honrosas excepciones, desde hace una década. Toronto Raptors y Philadelphia 76ers amenazaban con el cambio de guardia tras los innumerables problemas de Cavaliers y Celtics durante toda la temporada, algo que, vistos los dos primeros encuentros de cada serie, parece una opción cada vez más remota.

Y lo parece porque, en el caso de los de Cleveland, la serie ante Indiana Pacers ha cambiado al equipo. Algo ha hecho clic en esa plantilla y Lebron ya no está solo. No lo estuvo en el séptimo partido, cuando tuvo que retirarse a los vestuarios por unos calambres, tampoco en el primero en Canadá, y mucho menos en el segundo. En este caso el que dio el paso al frente fue Kevin Love. Como si todavía estuviera en Minneapolis, el ala-pivot aportó 31 puntos y 11 rebotes castigando todo lo que proponían los Raptors. La línea de triples cuando se enfrentaba a quintetos pesados y el poste si lo que querían era correr con formaciones más pequeñas.

De todas formas, nada de esto sería posible sin El Rey. Porque Toronto empezó bien el encuentro, con Valanciunas trabajando la pintura y un Lowry muy acertado, pero el dominio de Lebron pronto se hizo notar y el encuentro llegó igualado al descanso. Lo que pasó después fue la enésima noche histórica de Lebron James, que terminó con 43 puntos, 14 asistencias y 8 rebotes, algo que nadie había hecho en la historia de la NBA. Lo sucedido en el tercer cuarto, com Lebron haciendo tiros imposibles, va directo a la hemeroteca de la liga. La serie viaja ahora a Cleveland con un 2-0 muy favorable a los locales.

La misma ventaja se llevan los Boston Celtics a Philadelphia después de uno de esos partidos envueltos en la mística de su pabellón. Los Sixers empezaron bien después de dejarse sorprender en el primer encuentro. El movimiento de balón era fluido y los triples entraban, con Embiid dominando la pintura. Llegaron a tener 22 puntos de distancia durante el segundo cuarto, pero, una vez más, los verdes demostraron que nunca se les puede dar por muertos.

En la peor noche de Ben Simmons, sólo 1 punto y únicamente cuatro tiros intentados, los Smart, Rozier y Tatum fueron picando piedra poco a poco hasta llegar casi igualados al tercer cuarto. La segunda parte se pareció mucho más al primer duelo, con un atasco importante para los Sixers, que además eran incapaces de defender su aro.

Puede que esta oportunidad histórica le haya llegado demasiado pronto al conjunto de Philadelphia, que pocas veces se va a encontrar la Conferencia Este tan mermada, pero en estos encuentros ha dejado claro que todavía les falta madurez. Todavía pueden arreglarlo, de todas formas, puesto que los Celtics ya se dejaron remontar un 2-0 ante los Bucks en la primera ronda y seguro que a esta serie todavía le quedan unos cuantos encuentros.

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