Tiene el aspecto de un hombre blanco americano cualquiera de la costa Este, esa apariencia inofensiva pero un punto socarrona, siempre con un traje que parece quedarle una talla más grande, con la que han hecho carrera el actor Tom Hanks o el cómico John Mulaney. Tiene 41 años, un corte de pelo insulso que no ha cambiado jamás, y pinta de beber Coors Light y no faltar a misa los domingos. Pero tras esa apariencia anodina, es lo más parecido a Satanás en una cancha de baloncesto. Brad Stevens, el entrenador de los Boston Celtics, es el activo más importante de la NBA que no viste pantalones cortos. 

El redactor de la web de periodismo de datos FiveThirtyEight, Nate Silver, preguntaba hace unos días en las redes si escogerías antes a Stevens o a Giannis Antetokounmpo ante la tesitura de montar un equipo de baloncesto capaz de ser campeón en el plazo de cinco años. El unicornio griego ganaba la encuesta por un margen de solo ocho puntos. Y si una estrella de la liga gana por los pelos a un tipo con corbata que mira desde la banda es porque los conjunto del joven prodigio de la pizarra no paran de ganar.

“Puede que tenga las mejores jugadas de pizarra que he visto en mi vida”, dice Marcus Morris. “Me quito el sombrero con Brad”, añade Jaylen Brown. “Es un genio, tío. Es increíble. Algunas veces dibuja jugadas, lo miro y me quedo (confundido)”, añade Al Horford, el último de sus jugadores en hablar con auténtica admiración de ese hombre solo un puñado de años mayor que ellos y que les anticipa cuanto va a suceder en el parqué antes de que suceda. El pívot dominicano fue el beneficiado de la jugada que Stevens dibujó tras un tiempo muerto para colocar el 3-0 en las semifinales de conferencia ante los Philadelphia 76ers

Brad Stevens nació en Zionsville, Indiana, donde el baloncesto es religión. Se licenció en Económicas y trabajaba en la empresa farmacéutica que patentó el Prozac. Lo dejó para irse a aprender el oficio de entrenador en la modesta Universidad de Butler, en su estado natal. Allí batió el récord de más triunfos de un técnico en sus tres primeras temporadas en la NCAA. Con solo 33 años condujo a su equipo a la final nacional, cediendo solo ante la todopoderosa Duke. Volvió a llegar a la Final Four un año después, el entrenador más joven de la historia en sobrevivir a dos March Madness, aunque se quedó de nuevo sin premio final, en esta ocasión ante Connecticut

Nada de aquello le pasó desapercibido a Danny Ainge el mánager general con la misión de reconstruir a los Boston Celtics que se despedían de la era del ubuntu, de Pierce, Garnett, Allen y Rondo. Era 2013 y se suponía que los verdes iban a pasar un par de temporadas haciendo tanking mientras su entrenador novel aprendía los mecanismos de la NBA. En su segundo año ya tenía a los Celtics en playoffs con un equipo de talento muy limitado. Desde entonces no ha parado de mejorar el récord en temporada regular, llegando a las Finales de la Conferencia Este el pasado curso. 

Se quedó sin Avery Bradley, sin Isaiah Thomas, sin Jae Crowder, sin Kelly Olynyk, baluartes de las temporadas anteriores. Este año perdió a Gordon Hayward en el primer partido de la temporada y a Kyrie Irving en el mes de marzo. Ausentes las dos incorporaciones más flamantes de su plantilla, mantuvo al equipo segundo del Este y ha frenado en seco a los emergentes Sixers sin que el rookie maravilla, Ben Simmons, haya comprendido todavía cómo es posible que nada de lo que le servía frente a otros equipos esté funcionando ante Boston. 

El respeto que se ha ganado el lampiño y discreto Brad Stevens le ha valido el apelativo de The President y lo sitúa en una corte de técnicos de élite presidida por Gregg Popovich y a la que solo son invitados unos pocos como Rick Carlisle, Steve Kerr, Erik Spoelstra o Mike D’Antoni. Aun frente a las circunstancias más adversas, sus equipos están preparados para ganar. Eso es lo que hace que haya aficionados que preferirían ficharlo a él antes que a una superestrella de la NBA. 

LeBron James ha acelerado hacia una nueva final de la Conferencia Este y el hombre más peligroso en su camino es un blanco poco atlético que viste traje gris y esconde una sonrisa maquiavélica.  

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