Un traspaso que no fue y que implicaba a un jugador que ni siquiera es el más famoso de su equipo es lo que ha hecho de la NBA actual lo que es. En el verano de 2014 los Golden State Warriors estuvieron a punto de traspasar a Minnesota Timberwolves a un joven Klay Thompson, el competente escudero de Stephen Curry, por una súperestrella de la liga, Kevin Love, por aquel entonces una fuerza imparable que promediaba 26 puntos y 12 rebotes por encuentro. La operación no se llevó a cabo y Love acabó acompañando a LeBron James en su regreso a Cleveland. Y los Warriors…

Los Warriors se establecieron como esa fuerza dominante que ha obligado al resto de franquicias a transformarse para intentar desentrañar un dominio del que Thompson es parte fundamental. No es Curry, no es Durant y no es Green, pero sin él, sin su capacidad de tiro, sin su defensa, ellos tampoco podrían hacer lo que hacen. Ahora llega el momento de negociar un nuevo contrato con el hijo de Mychal Thompson, y franquicia y jugador necesitan entenderse para conservar la hegemonía en la competición. Para que todo encaje Klay va a tener que hacer un sacrificio económico, del mismo modo que lo hizo Durant al llegar a la Bahía.

El MVP de las últimas Finales ahora sí va a cobrar acorde a su estatus y los de Oakland acaban de renovar a Curry por 200 millones de dólares. Thompson debería aceptar una rebaja para que el núcleo del equipo pueda permanecer inalterado. Según The Athletic, el número 11 estaría dispuesto a aceptar 102 millones de dólares por cuatro temporadas más, una cifra muy inferior a los 139 que podría lograr si se hace agente libre y sale a otro equipo (o 188 si lo hace y vuelve a Golden State). Thompson promedió 20 puntos, 3,8 rebotes y 2,5 asistencias esta campaña, con los mejores porcentajes de tiro de su carrera: 48,8% en tiros de campo y 44% desde el triple. 

Aunque alguien como él, capaz de explosiones anotadoras solo al alcance de la superélite, sería una estrella principal en cualquier equipo del torneo (Philadelphia 76ers y, sobre todo, Los Ángeles Lakers en los que jugó su padre figuran entre sus pretendientes), si existe un jugador al que le gusta su vida, un tipo tan relajado que hasta se pone a bailar durante esos viajes promocionales a China que otros jugadores sufren más que disfrutan, uno al que entrevistan por la calle en las noticias como si fuese un ciudadano anónimo, ese es Klay. Y a Klay le gusta lo que tiene ahora mismo, aunque para conservarlo tenga que dejar de ganar lo que merece. 

“Soy uno de los jugadores más veteranos aquí, además de Steph, así que estoy muy orgulloso del giro que dieron los Warriors. Que yo no sea la cara de la franquicia no significa que no me sienta reconocido por ello. Los verdaderos fans y la gente de la organización, y mis colegas en la liga ven lo que trabajo y saben que he sido una parte enorme del éxito de los últimos cinco, seis o siete años, así que tengo una identidad aquí. Sería difícil para mí verme jugando en otro sitio”, explicaba el escolta hace unos días en Bleacher Report

Los Warriors juegan desde este fin de semana las Finales de la Conferencia Oeste frente a Houston Rockets, uno de los mayores retos a los que se han enfrentado los californianos en este último lustro. Si los derrotan y después vuelven a hacerse con el anillo de campeón y además Thompson renueva perdonando dinero, el resto de la NBA volverá a pensar en aquel verano de 2014 en el que, ante una bifurcación, Golden State eligió el camino correcto. 

 

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