Jamás en los últimos cinco años se había visto en la NBA lo que se vio en el Toyota Center durante el primer partido de las Finales de la Conferencia Oeste que los Golden State Warriors le ganaron al equipo local, Houston Rockets, con un marcador de 106-119. Los tejanos apostaron 45 posesiones ofensivas al uno contra uno (isolation, como le gusta decir a los americanos, donde un jugador monopoliza el balón y los compañeros se alejan para dejarlo decidir por sí mismo). En 26 de esas ocasiones la bola estuvo en manos de James Harden, lo que podía parecer una buena idea. Pero en realidad significaba que el equipo con el mejor récord de la temporada regular se había quedado sin ideas ya frente a los vigentes campeones.

Mientras Houston llevaba al extremo su idea de juego y, ora Harden (41 puntos, 7 asistencias), ora Chris Paul (23 puntos, 11 rebotes), maniobraban a su antojo con cuatro compañeros apostados en las esquinas sin hacer un solo movimiento, en el otro lado de la cancha los Warriors fluían como en sus mejores momentos, encontrado una solución nueva ante cada situación. Fue Kevin Durant (37 puntos) quien aportó la mayor parte de ellas, encestando todo tipo de canastas, alguna tan impresionante como un fade-away sin bote, saltando en parado con el defensor a un centímetro de su nariz. 

El resto de los Hamptons Five, el quinteto letal de Golden State que Steve Kerr empleó de inicio, acompañó con la eficacia habitual. Klay Thompson (28 puntos) demostró a cada triple en contraataque aquello que lo hace indispensable para el éxito de la franquicia; Andre Iguodala añadió físico para contener a Clint Capela; Draymond Green ejerció como siempre de argamasa (5 puntos, 9 rebotes, 9 asistencias); y Stephen Curry expuso toda su madurez: fue tal vez el jugador más decisivo sin parecerlo.

Los números aparentemente discretos de Curry (18 puntos, 6 rebotes, 8 asistencias) no explican cómo resolvió el partido en el tercer cuarto con una secuencia magnífica: asistencia para triple de Klay; robo y asistencia de fantasía para Iguodala; y baile mano a mano contra Harden rematado con bandeja a tablero. La brecha que abrió de nueve puntos ya no se cerraría.

El encuentro se jugó tal y como se esperaba: como una final anticipada de la NBA. Con solo un minuto disputado y tras la segunda canasta de los Rockets, Draymond Green empujó bajo canasta a Harden y se ganó una técnica. Más adelante Chris Paul clavaba un codazo en el trasero de Durant para decirle después que se callase la boca y se dedicase a jugar. La tensión era alta porque este primer partido debía validar, en cierta manera, la temporada regular. Y a la primera oportunidad, los Warriors robaron la ventaja de campo que Houston se había ganado en 82 partidos

Cuando le preguntaron a Draymond Green tras el encuentro el porqué de tanta intensidad para llevarse el primer enfrentamiento respondió que se debía a que este es “el mejor momento de la temporada, cuando juegas para llevártelo todo, intentando ganar un campeonato, así que no hay razón para no concentrarse”. ¿Entonces cómo se habían sentido los californianos durante el resto de la competición? “Lo vivimos como una eternidad, como una maldita eternidad”, dijo con una sonrisa pícara. 

De los Rockets depende ahora ser algo más que un simple aliciente para los favoritos al anillo.