Cualquiera que haya seguido la NBA, en general, y a Lebron James, en particular, durante la última década sabe que es prácticamente imposible que El Rey tenga dos partidos malos de forma consecutiva. Quizá por eso esperábamos con ansia el segundo partido de las finales del Este entre Cleveland Cavaliers y Boston Celtics. Y no falló. James completó una actuación estelar con 42 puntos para un triple-doble completado con 12 asistencias y 10 rebotes, algo que, sin embargo, fue insuficiente para lograr el triunfo. Y ese es el peor de los síntomas para los Cleveland Cavaliers.

Porque el conjunto que dirige Tyronn Lue es una banda que sin Lebron seguramente estaría en puestos de lotería del draft. Sufrieron lo indecible para eliminar a los Pacers y sólo el incomprensible apagón de los Raptors dejó un oasis de rendimiento. Todo ha cambiado cuando se han enfrentado de nuevo a un equipo serio, al que no consiguen engañar durante un partido completo.

Porque esta vez sí comenzaron bien, comandados como no por el de Akron. Ocho minutos tardó en superar los 15 puntos con los que terminó el primer partido. Se echó el equipo a la espalda y logró que los suyos se fueran al descanso siete puntos arriba al descanso, al que él se retiró antes de tiempo por un golpe con Tatum que le dejó molestias en el cuello.

Quizá por eso, quizá por el cansancio de monopolizar el juego durante tantos minutos, hasta ahí llegaron James y los Cavaliers en los que nadie más tiró del carro. Los Celtics no entraron en pánico y se ciñeron al plan, conscientes de que su bache no duraría eternamente. El tercer cuarto fue clave, con un 36-22 para los de Stevens que rompió el encuentro de forma definitiva.

El equipo de Boston sigue teniendo en el TD Garden una fortaleza inexpugnable en estos playoff, contando todos sus partidos por victorias. Entre su pabellón y un esfuerzo colectivo que permitió pasar de 10 puntos hasta a seis jugadores, tienen a los Cavaliers contra las cuerdas y se han ganado la posibilidad de finiquitar la serie en el Cleveland.