No ocupaban las portadas o los análisis previos, pero si hay un duelo excitante en estas Finales de la NBA entre Golden State Warriors y Cleveland Cavaliers, ese es el que protagonizan Nick Young y J. R. Smith, dos tipos inclasificables, más entertainers que jugadores, tan capaces de decidir un partido en una racha de aciertos presos de una confianza en sí mismos injustificada, como de condenar a sus equipos con una estupidez. Por desgracia para los Cavs, su elemento extraño actuó primero y salió cruz. Los campeones del Oeste ganarían 124-114 el primer encuentro de la serie al mejor de siete partidos

Con el encuentro empatado a falta de cuatro segundos para el final, George Hill lanzó un tiro libre y el rebote cayó en las manos de su compañero J. R. Smith. Este agarró la bola y corrió con ella hacia el medio del campo, lejos de la canasta, con intención de agotar los segundos del reloj en lugar de buscar un último tiro para ganar con la defensa de los Warriors fuera de sitio. Mientras J. R. huía, LeBron James se desesperaba haciéndole aspavientos para que entendiese lo que estaba pasando. A la estrella del equipo le repreguntaron en varias ocasiones en la rueda de prensa posterior si Smith sabía el marcador cuando cometió aquella estupidez. James, visiblemente enfadado, se marchó sin responder. 

En aquella jugada delirante concluyeron las opciones de Cleveland, barridos después en la prórroga por los de Oakland y frustrados por haber dejado escapar una victoria que tocaron con los dedos tras otro partido para la historia de The King (51 puntos, ocho rebotes y ocho asistencias). Steve Kerr puso un defensor tras otro sobre LeBron: Durant, Looney, Livingston, West… Todos fracasaron en la misión de contenerlo. LeBron volvió a erigirse en la reina del tablero de ajedrez, moviéndose a su antojo y dañando la defensa de los californianos de múltiples maneras. Resistir en la prórroga cargando a su equipo sobre los hombros, tras todos los minutos acumulados esta temporada, era tal vez pedirle demasiado.

Si el premio MVP de las Finales se entregase tras este encuentro sería para LeBron, a no ser que se respetase la regla no escrita de que le corresponde a un jugador del equipo ganador. En ese caso no habría duda de que lo alzaría Stephen Curry. A cada partido que pasa tras su reaparición, el base de los Warriors se revela más decisivo. Sumó 29 puntos, nueve asistencias y seis rebotes, además de muchos dolores de cabeza en la defensa rival. Él puso el triple desde el medio campo que dejó el encuentro igualado al descanso después de que los locales fuesen perdiendo toda la primera parte. En la segunda mitad y la prórroga no paró de engañar contrarios y regalar canastas a compañeros libres de marca. Volvió a ser el Steph que funciona como un imán, atrayendo a la defensa sobre él. Y cuando le dieron un metro libre, castigó el aro y decidió el encuentro. 

El partido terminó con la expulsión de Tristan Thompson y una tángana azuzada por Draymond Green, que se mofó con malos modos de los Cavaliers. Así que la tensión es máxima para el segundo partido.

Como primer plato, la apertura de la eliminatoria por el título de la NBA fue excelente. Aunque para ello fuese necesario un esfuerzo sobrehumano de LeBron, todo resultó mucho más igualado de lo pronosticado. Steve Kerr echa sin duda de menos al lesionado André Iguodala, su mejor opción defensiva frente a James, y sabe que como mínimo tendrá otra victoria casi asegurada gracias a algún gran partido de Kevin Durant (26 puntos, nueve rebotes, seis asistencias, aun así) que todavía tiene que llegar. A Tyronne Lue le consuela haber recuperado a Kevin Love para dominar los tableros (21 puntos y 13 rebotes) y pensar que J. R. Smith habrá agotado el cupo de tonterías. Aunque está la cosa como para fiarse del tatuadísimo escolta de los Cavaliers. 

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