Como suele ocurrir cuando vemos el origen de un mito delante de nuestros ojos, lo normal es que tenga que pasar mucho tiempo para darle su verdadero valor. Tomar distancia para entender que en su momento fuimos testigos de cómo se creaba una parte importante de la historia. Eso es lo que está ocurriendo en la NBA desde hace un lustro, con los Golden State Warriors como protagonistas. El conjunto de la Bahía de San Francisco venció a los Cleveland Cavaliers en el cuarto partido de las finales de la NBA para barrer a su rival y sumar su segundo anillo consecutivo, el tercer en cuatro años, asentando la nueva dinastía del baloncesto mundial.

No le sobran enemigos ni quejas a los Warriors, como a todos aquellos que triunfan. Desde los árbitros, a las críticas por haber formado un súper equipo… hasta la suerte. Pero lo cierto es que, más allá de los campeonatos, los de Oakland han sido unos pioneros a la hora de cambiar el baloncesto. Muchos han intentado repetir su fórmula, pero el original sigue superando a cualquier copia.

Y esta dinastía no podría entenderse sin Kevin Durant. El alero fue la pieza que convirtió a un equipo de élite en un escuadrón invencible. Lleva dos años en los Warriors y ya se ha puesto dos anillos en los dedos, justo lo que buscaba. Además, también descubrió lo que sospechaba: es más fácil tener el reconocimiento individual cuando ganas. Al final de la serie recibió su segundo MVP de las Finales consecutivo, después de dos actuaciones portentosas en el partido dos y, especialmente, tres, y un triple doble para cerrar la victoria.

Poca historia tuvo el cuarto partido, precisamente por la decisiva actuación de KD en el anterior. Los Warriors no mostraron ni un ápice de relajación y defendieron con el cuchillo entre los dientes desde el primer momento. En el otro aro Stephen Curry se encargaba de castigar cada cambio defensivo con una nueva exhibición desde el perímetro. Pero anotar siete triples no le sirvió para llevarse el premio al jugador más valioso. Llama la atención de que no le haya servido en ninguno de los tres anillos, algo que quizá esconda el secreto del éxito de este equipo: sacrificarse por un bien superior.

Es inevitable mencionar en esta historia a Lebron James, que tendrá que culpar a la dinastía californiana de que en su legado se echen en falta anillos. Cuatro finales consecutivas, a cada cual más heroica, con la guinda de esta temporada en la que ha cargado con un grupo sospechoso hasta la eliminatoria definitiva. Para añadirle más épica, el Rey confesó que había jugado los tres últimos partidos con la mano rota después de darle un puñetazo a una pizarra tras el primer partido. Sí, después de la histórica pifia del, visto lo visto tras esta revelación, afortunado JR Smith. Ahora se abre la incógnita que tiene ya a la NBA em vilo: ¿fue el último partido de LeBron con los Cavs?

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