El 400 es una prueba que, si no fuese por la evidente agonía de sus participantes, tiene algo de cómica. En la recta final de la vuelta al estadio parece que los atletas se deshinchan como un globo. Hasta que conocimos a Wayde van Niekerk, claro, desde este martes doble campeón mundial y, desde hace un verano, figura histórica. El sudafricano obtuvo el oro en Río 2016 en una carrera sin freno y sin vergüenza que barrió de un plumazo años de gloria en esta disciplina. Él parece no desfallecer nunca en los últimos 100 metros.

¿De qué sirve ahora el recuerdo de Johnson, de Wariner, de Merritt, de James? Van Niekerk demolió sus tiempos y rozó los imposibles 42 segundos en Brasil. Su plusmarca, la mejor del mundo, sigue en 43,03 segundos porque ayer no hubo quien lo azuzase para superarla. El botsuanés Isaac Makwala, su gran rival, fue una de las víctimas del virus que está mermando el Mundial de Londres. Y Ato Boldon ya recordaba, hablando del campeón en The New Yorker, que “tienes que tener tu Frazier para convertirte en Ali”.

El mayor fan del Liverpool que existe en Ciudad del Cabo ya ha sido proclamado como “el nuevo Bolt” por múltiples titulares. Pero cuando las marcas no caen, las victorias necesitan épica para convertirse en legendarias. Ni lo uno ni lo otro hubo sobre el tartán de Londres.

Wayde se hace llamar dreamer, el soñador. Si quiere ocupar el puesto de Usain como referente popular del atletismo, necesita soñar con hazañas. Es también favorito en el 200, la prueba predilecta de Bolt. Su registro personal (19,83 segundos) está muy lejos del récord mundial del jamaicano (19,19). Pero todos soñamos con que este jueves a las 22:50 horas Van Niekerk ponga el empeño que no fue necesario en la prueba que domina y nos regale un momento imborrable. Seguro que Bolt observará desde la grada: necesita saber que tras su despedida queda un sucesor digno en el trono.

 

 

 

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