Muchas veces, uno no sabe si coger la literalidad de las palabras de un deportista y sacar conclusiones severas de ellas. Javier Gómez Noya es un tipo cabal, educado y con un discurso por encima del nivel del deportista medio. Aún así, no podemos olvidar que hace declaraciones después de meterse 1,5 kilómetros a nado, 40 de bicicleta y 10 de carrera a pie, con lo que puede que se le escape alguna palabra torcida mientras su cuerpo se reajusta al esfuerzo. Tampoco podemos desdeñar que, por muy bien que hable inglés, haya alguna incorrección en sus declaraciones. Por último, podemos culpar al mensajero por equivocarse en la transcripción. Son muchos condicionantes para no ver un mensaje claro y rotundo tras la magnífica victoria de Gómez Noya en Montreal: “Después de tantas carreras al sprint, era hora de una carrera de verdad”.

El triunfo en tierras canadienses devolvió al triatleta gallego a la lucha por el Mundial, segundo clasificado tras el también español Mario Mola. Pero el escenario ha variado de golpe, porque quedan dos pruebas para el final del campeonato, y las dos últimas (incluyendo el episodio final en Rotterdam, que puntúa doble) se disputan en la modalidad preferida de Gómez Noya, el triatlón estándar, ahí donde su capacidad de sufrimiento, resistencia y mejor adaptación a la natación le hacen difícil de batir para la nueva generación liderada por Mola.

Se puede decir que Gómez Noya es víctima de su propio éxito. Con sus cinco Mundiales a cuestas y batallas épicas con los hermanos Brownlee en campeonatos y en Juegos Olímpicos, el ferrolano ayudó a popularizar un deporte que salía poco a poco de la cueva reservada los locos por los esfuerzos extremos. El triatlón se hacía cada vez más y más popular, y eso significaba tentaciones en forma de derechos televisivos. Lástima que una prueba de más de dos horas y tres escenarios geográficamente repartidos la hicieran tan costosa. Ahí hizo fortuna la fórmula del triatlón en modalidad sprint: la mitad de distancia nadando, la mitad en bici, la mitad a pie.

Menos esfuerzo, menos despliegue técnico para la televisión, menos desgaste, más pruebas. Todo eran ganancias. Las pruebas al sprint fueron ganando presencia en el calendario del Mundial de triatlón, y se especula con que finalmente se impondrá como la modalidad olímpica en Tokio 2020. Pero Gómez Noya reina en la modalidad tradicional, “a proper race”, como dijo tras vencer en Montreal. Y es ahí donde quiere sentenciar su sexto título, en dos triatlones de los de verdad, en Estocolmo y Rotterdam.

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