Han pasado diez años desde que Valencia se paralizó para asistir al estreno del nuevo bólido de Fernando Alonso. Seguro que nadie de los presentes en la ciudad del Turia para admirar al piloto asturiano con el mono de su nueva escudería, McLaren, podía pensar entonces que aquel muchacho que imaginábamos comparsa del bicampeón mundial, acabaría convirtiéndose en leyenda.

Hoy, Lewis Hamilton, tetracampeón del mundo de Fórmula 1, solo alza la vista para contemplar los cinco títulos de Fangio o los siete de Schumacher, y la baja para ver dónde se han quedado las otras figuras del pilotaje británico (Stewart, Clark, Mansell) a las que ya ha superado. Mientras, ya puede mirar a los ojos a Alain Prost y, aunque al alemán no le haga ni pizca de gracia, a Sebastian Vettel. Porque cuando el rubio campeón ganaba un título tras otro en su Red Bull, jamás habría creído que el disoluto Hamilton, con sus aires de estrella del hip-hop, iba a demostrar la determinación necesaria para erigirse en la mayor figura del automovilismo de la segunda década del siglo.

Pero a Vettel no le ha quedado más remedio que abrirle al británico la puerta del más exclusivo club del volante.

Desquiciado por la manera en la que Ferrari ha ido dilapidando sus opciones de campeonato, Vettel se jugó una última bala sobre el asfalto del Gran Premio de México a la manera de Michael Schumacher (o la de Ben-Hur): echándose sin tapujos y sin disimulo contra el rival. Superado en la salida por Verstappen, a la postre ganador de la carrera, el de Heppenheim apuró hasta lo insensato y se dejó parte del alerón en el coche de su antigua escudería. En esa misma acción asomó como la bala de plata que es el Mercedes de Lewis Hamilton. Algo en el interior del iracundo alemán dijo que “de ningún modo”. Aceleró y golpeó la rueda del líder del Mundial. Paso por boxes para los dos y sentencia. Max se bañó en champán, Sebastian se quedó a un paso del podio y Lewis escuchó mariachis mientras pasaba bajo la bandera a cuadros en novena posición, aguardando por el laurel.

En el paddock, caballerosidad y un reto por parte del subcampeón:  “El año que viene será otro cantar: todos empezaremos de cero de nuevo, pero ahora, en estos momentos, hay que reconocer el buen trabajo que ha realizado el mejor piloto del año y ese ha sido Lewis. En general, ha sido el mejor piloto y no hay más”.

“Otro cantar”. No tanto. Si nada lo remedia, el inglés y el alemán tendrán la oportunidad de dirimir frente a frente su lugar en la historia del automovilismo una vez más en el próximo campeonato. Algo que le interesa a ellos dos, a sus respectivas aficiones y a poca gente más. La Fórmula 1 es incapaz de corregir la deriva que mantiene a Mercedes ganando un título tras otro, hasta el punto que aburre a propios como Nico Rosberg, que abandonó la competición tras ser campeón, y ajenos como Fernando Alonso, que busca en los óvalos americanos la competitividad que se le niega en el Gran Circo. No parece que un cambio en las parrillas baste para alterar el rumbo de un torneo que es monologado y, cuando hay mucha suerte, dialogado, en los últimos años.

Pero eso no es el problema de Lewis Hamilton quien, mientras se recupera de la fiesta que se regaló en Miami para festejar su corona, observa su lugar en el panteón de los pilotos. Uno cada vez más alto.

 

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