– ¿Volverías a ser portero?

– No, esa sería una cosa que seguramente cambiaría.

Uno de los mejores porteros del fútbol mundial en el siglo XXI no quería ser portero. Sirva eso como síntesis de la peculiar personalidad de Víctor Valdés, portero del FC Barcelona entre 2004 y 2014, ganador de cinco trofeos Zamora y campeón de 24 títulos. Su nombre se escribe en la historia culé junto al de Ramallets y Zubizarreta pero, si por él fuese, borraría su recuerdo de todas partes. Lo acaba de hacer con las memorias que quedaban en sus perfiles públicos de las redes sociales. Intuimos que el guardameta se ha retirado a los 35 años porque ha eliminado todo rastro de sus logros en internet. Lo hizo horas después de publicar en Instagram una imagen de un camino perdiéndose en el horizonte con la frase “Gracias por todo”.

Las declaraciones de Valdés al principio de este texto proceden de una entrevista que concedió en 2015 a Marlon Becerra. El tal Becerra es un famoso odontólogo colombiano que también triunfa como personalidad televisiva. Sabiendo que al portero le disgustaba enormemente la exposición pública de su vida, era necesario que un dentista le extrajese las respuestas. En aquella conversación ya adelantaba sus intenciones: “Cuando se apague la luz, que un día se apagará, yo estaré con los niños, enseñándoles lo que pueden llegar a ser cuando se encienda la luz. Pero yo ya no. Espero que cuando la luz se apague, sea difícil encontrarme”.

Ese tono grave, algo místico, y con un punto de amargor asomaba siempre en las palabras del meta catalán, que vivía su éxito como una forma de condena. Triunfó haciendo algo que no le gustaba, según le explicó al programa Informe Robinson: “Desde los 8 hasta los 18 años, para mí jugar de portero ha sido un sufrimiento especial, constante, de algo que no me gusta hacer y que no entiendo. Me preguntaba: ‘¿por qué lo hago, si no me gusta?'”. Aquella revelación sorprendió, porque Valdés estaba en la cima del éxito.

Sobre sus hombros se pudieron erigir los planes de Rijkaard y de Guardiola que alumbraron al mejor Barça de la historia. En un equipo concebido para monopolizar la pelota, a él le correspondía hacer el trabajo más complicado: no fallar nunca en la primera ocasión creada por el rival. Si Víctor Valdés encajaba un gol, el oponente cerraba líneas en el área contraria y a los blaugrana les iba a costar más marcar. Además se le pedía que jugase el balón siempre en corto. Y él cumplía, aunque no lo llevaba bien.

Harto de aquel foco permanente que le correspondía como cerrojo del equipo más admirado del fútbol mundial, comunicó en 2014 que se marchaba al acabar la temporada. Llegó a un acuerdo con el Mónaco que la entidad francesa no respetó después de que el cancerbero se lesionase gravemente la rodilla derecha en uno de sus últimos partidos en Barcelona. Le encantó la sensación de anonimato mientras se rehabilitaba en Alemania, confesó. Aun así retornó para jugar en el Manchester United y reencontrarse con Van Gaal, el técnico que lo había hecho debutar en Primera División. No congeniaban, de modo que salió cedido al Standard de Lieja. Volvió a la Premier para jugar con el Middlesbrough la pasada temporada.

El teléfono de Víctor Valdés sonó en verano. Lo llamó, entre otros, Richard Barral, director deportivo del Deportivo de La Coruña que buscaba desesperadamente un portero para solventar un problema morrocotudo. Barral perdió ayer su cargo. Fue el mismo día en el que descubrió, junto con el resto del mundo, que el guardameta había decidido ya colgar los guantes para siempre y despedirse a la francesa.

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