Hace tiempo que Ronaldinho tiene mala cara. La de quien duerme poco y/o mal, pero no precisamente por los motivos que agobian a la gente común. En la mayoría de apariciones públicas, el último gran genio del fútbol brasileño muestra el aspecto de quien necesita urgentemente lavarse la cara con agua fría para espabilar. Aún así, ha generado impacto el anuncio, a través de unas declaraciones de su hermano y agente, de la retirada de Ronaldinho. El ex del Barcelona, de 37 años, llevaba dos sin equipo profesional, y es un habitual de partidos de veteranos, solidarios, de viejas estrellas y de amigos de Fulano contra amigos de Metano. Ahora ya será oficialmente un exfutbolista, quitando Messi el más abrumador jugador de los últimos 20 años, por insultante superioridad técnica y física en su esplendor, y con la rabia del aficionado al fútbol de saber por qué dimitió tan pronto de la élite.

Lo ha dejado. Acabó. Vamos a hacer algo muy grande, bonito, después del Mundial de Rusia, probablemente en agosto. Varios eventos por Brasil, Europa y Asia. También un partido con la selección brasileña, en colaboración con Nike. El hecho de ser embajador del Barcelona durante 10 años también ayudará”, dijo su hermano Roberto de Assis a O Globo. Con el club catalán pasó sus mejores años y se hizo mito del fútbol mundial, y según Assis será el primero en despedir a Ronaldinho en un partido homenaje. El hermano del futbolista, lesionado cuando era prometedor jugador de Gremio, siempre ha llevado tres pasos por delante la carrera de su hermano pequeño. Ahora, hasta su retirada.

Ronaldinho, según su hermano, se dedicará a sus partidos de exhibición y homenajes por todo el mundo, convenientemente pagados. Y de fondo, la intención ya anunciada de presentarse a las elecciones de este año en Brasil para convertirse en senador por el estado de Minas Gerais. Siguiendo el ejemplo de Romário, ya establecido en la clase política del país, poco parece importar que Ronaldinho se presente bajo las siglas del candidato de extrema derecha Jair Bolsonaro. El futuro de Ronaldinho no parece correr peligro, haga lo que haga. Es el momento de mirar hacia atrás, al fútbol del mayor genio del fútbol brasileño desde el adiós de Romário y tras el escaso peso de Djalminha en la selección de su país.

Ronaldinho lo tenía todo: una explosividad física que le permitía dejar rivales por el camino, capacidad de dar el último pase, disparo desde cualquier lugar y letal en la pelota parada, y, sobre todo, una habilidad técnica que dejaba alucinados incluso a sus rivales. El brasileño estaba equipado para dominar Europa durante una década. Pero duró apenas 4 años. Los de su estadía en Barcelona, donde jugó casi 200 partidos, hizo 90 goles y repartió otros 50.

Todo en su juego era exceso: de calidad, de velocidad, y de frustración final. Tan excesivo como su estreno en el Camp Nou contra el Sevilla, en una madrugada de septiembre, a una hora de discoteca. Hizo un golazo que llevó a muchos de los asistentes directamente al after hours.

Tardó un poco en cuajar en el Barça de Rijkaard, en plena reconstrucción de los años más oscuros del equipo azulgrana, pero acabó triunfando por la puerta grande, con Champions League incluida. Hizo goles y regates para el recuerdo, en ocasiones sutiles y plenos de habilidad técnica (como su golpeo palo de golf contra el Chelsea), en otras exuberantes de potencia y golpeo violento (como el que le hizo al Milan). Pocas veces desplegó ese arsenal infinito como aquella tarde en la que destrozó al Madrid en el Bernabéu y salió aplaudido por la afición blanca. Había ayudado a Brasil a ser campeón del mundo con Ronaldo y Rivaldo como ejecutores. Fue Balón de Oro y campeón de la Champions como jugador referencia. Y su llama se fue apagando. Vio ascender a Messi a su lado, quien heredó el 10 del Barça cuando DInho se fue al Milan. Y quizás por eso, por ve a la bestia cara a cara, decidió que su tiempo ya había pasado. Tenía sólo 28 años, pero se dejó ir, le entregó el mando del fútbol mundial al chico al que ayudó a hacerse profesional.

¿Pesa más la decepción por que Ronaldinho haya dimitido en su supuesto esplendor físico y de madurez que los éxitos innegables y su increíble legado en forma de vídeos de jugadas irrepetibles? Ya era un jugador distinto en el Milan, físicamente limitado pero genial con el balón en los pies, capaz de firmar números decentes y de ayudar al equipo a ser campeón de la Serie A, algo que ahora parece una quimera. Ronaldinho regresó a Brasil y allí logró, quizás, la redención a una carrera que supo a poco, a pesar de su genialidad. Su conquista de la Libertadores con el Atlético Mineiro fue su canto del cisne, un logro nada menor para un futbolista que ya no tenía velocidad ni resistencia, pero que fue el mejor de la mejor competición de América. Tenía 33 años y bien podría haber cerrado su carrera ahí. La extendió innecesariamente en Querétaro y en el Fluminense. Ahora es oficial: Ronaldinho cuelga las botas, con la paradoja de quien ha tenido una carrera estelar a la altura de muy pocos, y aún así haber dejado un regusto amargo del qué pudo haber sido.