China Taipei, Japón, India, Tailandia, China… Entre las quince primeras jugadoras de la clasificación mundial del bádminton, solo el nombre de tres de ellas no viene acompañado por una bandera de un país oriental. Eso sí, que la representante de Estados Unidos se llame Zhang Beiwen y la de Canadá atienda por Michelle Li, habla de una tradición heredada de las escuelas dominantes en el juego. Solo la clasificada en el número ocho de la tabla representa una excepción real. Se llama Carolina Marín, luce la bandera de España y, tras proclamarse por tercera vez campeona del mundo, un registro nunca igualado por otra jugadora, se ha convertido en una de las más increíbles anomalías del deporte mundial. 

“No tengo palabras para describir la emoción que siento. Estoy súper contenta, ha sido una semana increíble aquí en China, en frente de todo el imperio asiático”, explicó la campeona desde la ciudad de Nankín. Esa declaración no disimula lo que Marín representa: un elemento extraño en un deporte que se inclina hacia Oriente. Sola entre una multitud con la que no comparte ni cultura ni idioma, la deportista andaluza busca vínculos en la distancia: “Gracias a toda España por todo el apoyo que he recibido. Esta medalla es de todos vosotros”, celebró.

Campeona olímpica en Río 2016 y de Europa por cuarta vez consecutiva el pasado abril en su tierra natal de Huelva, con la tercera corona mundial ratifica su recuperación. La resaca olímpica le pasó factura y pareció perder pie durante el pasado año. Sin embargo, ha vuelto a su mejor nivel justo a tiempo, para refrendarse como la referencia mundial de su deporte. Tras los títulos de Copenhague 2014 y Yakarta 2015, suma ahora el de Nankín después de vencer a la que fuera también su rival por el oro en los Juegos, la hindú Pusarla Sindhu. La derrotó en dos sets (21-19 y 21-10).

Con solo 25 años, Carolina Marín ya es leyenda de un deporte cuyos responsables en España aguardan ver un fenómeno similar al que producen todos los pioneros: arrastrar con su éxito a miles de niñas y niños dispuestos a replicar las gestas que ven en la televisión. Sucedió cuando el llorado Ángel Nieto ganaba sobre una moto, cuando Manolo Santana lo hacía con el tenis y cuando lo hace ahora Rafa Nadal, y también cuando Miguel Induráin era inabordable sobre una bicicleta. El legado de la deportista no serán sus medallas, sino el número de volantes y raquetas que comiencen a asomar en las mochilas de los estudiantes. 

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