“Querían usarnos para lucirse”. “Me habían alertado de que íbamos a tener que ir en el yate de un tipo que tenía un montón de dinero y que podías hacer mucha pasta allí si estabas dispuesta”. “En una de la sesiones de fotos de mi amiga estábamos formando una barrera a su alrededor porque estaba prácticamente desnuda, para evitar que los tipos la pudieran ver”. Estos son algunos de los testimonios ofrecidos por las animadoras de los Washington Redskins de la NFL a The New York Times que han servido para poner de nuevo el foco en el sexismo de algunos equipos de las ligas profesionales estadounidenses y en el uso inapropiado de las figuras de las cheerleaders

La periodista Juliet Macur ha construido con varios testimonios anónimos el relato de un viaje a Costa Rica organizado por la franquicia de fútbol americano para realizar las fotos de las animadoras que conformarían el calendario del año 2013. A su llegada al país, responsables de la franquicia les retiraron los pasaportes a las chicas y les transmitieron un código de vestimenta estricto para sus actos públicos: tops de color blanco, pantalones de camuflaje y tacones. En un resort turístico solo para adultos se realizó una sesión de fotos de las bailarinas en la que a alguna se le demandó posar con el pecho desnudo y a otras solo las cubría pintura. La sorpresa de las mujeres llegó cuando a la sesión se invitó a un grupo de hombres que resultaban ser patrocinadores de los Redskins o propietarios de algunos de los palcos del estadio del equipo capitalino. 

A la incomodidad de esa situación se añadió que tras la sesión, la directora del cuerpo de baile anunció a nueve de las 36 cheerleaders que tenían otra tarea por hacer: algunos de los empresarios habían solicitado que las chicas los acompañasen a un club nocturno. Una de las mujeres recuerda ahora como varias compañeras se echaron a llorar: “No nos pusieron una pistola en la cabeza, pero era obligatorio ir. No se nos preguntó, se nos ordenó. Algunas chicas estaban destrozadas porque sabían exactamente lo que la directora les estaba pidiendo”. 

El uso por parte de los Washington Redskins de sus cheerleaders como acompañantes obligadas a complacer a sus patrocinadores se añade a las controversias generadas por el propietario Daniel Snyder, que se niega a cambiar el apelativo y el logotipo racista del equipo como ya hicieron los Cleveland Indians de la MLB. La explotación sexual del cuerpo de baile es otra sombra gravísima. “Desafortunadamente, creo que nada va a cambiar hasta que algo terrible suceda, como que una chica sea asaltada o violada. Creo que los equipos empezarán a prestarle atención a esto solo cuando sea demasiado tarde”, cuenta una de las bailarinas en el reportaje de The New York Times

Stephanie Jojokian, la coreógrafa y directora de las cheerleeaders de Washington, rechaza las acusaciones: “No forcé a nadie a ir. Soy la mamá osa y me preocupo de todo el mundo, no solo de las animadoras. Es una gran familia. Nos respetamos a todas y a nuestra profesión. Es un entorno de mucho apoyo para estas chicas”. La franquicia asegura en un comunicado que “cada cheerleader está protegida por un contrato que garantiza un entorno seguro y constructivo”. 

Este caso habla de la doble moral y el sexismo existente con algunas de las trabajadoras de los equipos profesionales. El supuesto uso como escorts de las bailarinas de los Redskins convive en el tiempo con el despido de una porrista de los New Orleans Saints por publicar en sus redes sociales una foto en lencería. También lo hace con las revelaciones sobre la cultura machista instalada en los Dallas Mavericks de la NBA

La respuesta de la NFL a este escándalo es tan lacónica como preocupante: “No tenemos nada que ver en cómo los clubes que las tienen usan a sus cheerleaders“. 

 

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