Ya es oficial. Desde el momento en que se confirma que el Barcelona va a desembolsar 40 millones de euros por Paulinho, podemos decir sin temor a pisar ningún callo que el mercado futbolístico se ha vuelto loco. La llegada de Paulinho al Barça desafía tantos paradigmas en un sólo movimiento que daría para explicar por sí solo la demencia de este verano de mercado. Está la cifra imposible del PSG por Neymar, que Lukaku valga tanto, que el City se gaste una millonada en laterales, lo del Everton… Pero hay más cosas.

Pobre Paulinho. Independientemente de que su agente es un crack mayor aún que el de Negredo, a nadie le va a importar su valía como jugador. Es muy posible que no tenga un nivel para ser estrella del Barcelona. Es muy posible también que sea jugador de un solo entrenador, y que ese entrenador que le entienda y le dé la confianza necesaria sea Tite y esté en la selección de Brasil, para la que reserva las tres o cuatro apariciones estelares que justifican su fichaje por el Barça. Nada de eso importa, ni su capacidad de llegar al área, ni su presencia física tan necesaria en un equipo frágil como el azulgrana. Lo que importa es que su llegada significa muchas cosas de un mercado que ha perdido el juicio.

Pensemos por un segundo la trayectoria de traspasos de Paulinho. El jugador que más dinero dejó en las arcas de Corinthians (20 millones de euros) se la pegó en el Tottenham y se fue a China (con gran alivio de los aficionados londinenses), paraíso de brasileños, por 14 millones. Es decir, el Barça ha pagado más del doble a un club chino por un futbolista. El Guangzhou Evergrande debe de estar alucinando. Normalmente estos traspasos y esos importes ocurren en la dirección opuesta.

Otro paradigma que rompe el fichaje de Paulinho es lo que implica para el Barcelona que contrate a este perfil de jugador. Dolido por la salida de Neymar, pero con las arcas supuestamente llenas, el club catalán se ve a medio camino entre la necesidad deportiva y la sobreactuación de macho alfa en el mercado. Sólo que su realidad económica demuestra muchas carencias después de años de inflación de sueldos de sus estrellas, lo de Neymar y su fichaje de ingeniería fiscal, la menor aportación de la cantera, etc. Por eso se está encontrando de bruces con la realidad de que el Barça de hoy no es el PSG: ¿diría que no el Liverpool al Barça si fuera con todo el dinero del mundo a por Coutinho? Dudoso.

El Barça no puede ni siquiera sobreactuar en el mercado pagando una cifra desproporcionada por Coutinho, un futbolista brillante pero lejos de ser decisivo. Quizás lo consigan los culés con Dembelé. En cualquier caso, otro paradigma roto: a nadie pareció importarle en los años previos que clubes de China (como antes los rusos y en menor medida los ucranianos) despellejasen al segundo escalafón europeo con traspasos multimillonarios que «rompían» el mercado. Tampoco parecía ocurrir gran cosa con las compras (en ocasiones caprichosas) de Madrid o Barcelona. El problema es que el fichaje de Neymar lo cambia todo porque el directamente afectado es un depredador que ahora no tiene dientes para responder. Y su bocado pasa a ser Paulinho, que no tiene la culpa de ser el jugador que es.

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