Thierry Henry cumple este jueves 17 de agosto 40 años. La Premier League alcanza en este 2017 sus primeros 25 años desde el cambio de nomenclatura y la sacudida (económica, de estadios, de plantillas, de casi todo) que supuso en el fútbol inglés. Hay pocas coincidencias mejores que estos dos aniversarios (quizás sería más perfecto con Zola, Cantona, incluso Bergkamp, los  extranjeros que elevaron el nivel de la Premier para ayudar a convertirla en la Liga mejor vendida del mundo).

El Arsenal celebra por todo lo alto la entrada de Henry en la cuarta decena. Y no es para menos: Con los Gunners conquistó dos Ligas y tres Copas, e hizo 176 goles. Y vaya goles. La mayoría obras de arte, esas extrañas bellezas que se daban con tanta facilidad en los primeros 15 años de la Premier. Primero fue LeTissier, luego llegó Bergkamp y sin apenas pausa apareció Henry para mostrarnos una colección de goles inigualable.

Hay en los mejores goles de Henry una mezcla de superioridad, audacia y pasmosa calma para ejecutar maniobras y golpeos que para los mortales parecen imposibles. Quizás toda esa exuberancia quede recogida mejor que en ningún otro gol en éste que anotó en una pretemporada con el Arsenal.

Henry fue icono del Arsenal, campeón de Europa en el Barcelona (con la espina de poder haber dado más), talento joven incomprendido en la Juventus y líder inconsistente en la selección de Francia. Fue campeón mundial en el 98 y europeo en el 2000, jugó la final de Alemania 2006 pero eran los estertores de la generación dorada de Francia. En el debe de Henry están tres eliminaciones de la selección gala en primeras fases de dos Mundiales y una Eurocopa. Pero su dimensión de goleador estético, velocista y regateador excelso lo convirtieron en toda una estrella. Incluso cuando se fue a Nueva York siguió dejando pequeñas píldoras perfectas de fútbol (mi favorito es el 4).