“No vamos a pedir perdón por ganar”, decía Ernesto Valverde hace unas semanas cuando se le preguntaba por el discreto juego del Barcelona a pesar de contar casi todos sus partidos de La Liga por victorias. Y tiene razón el técnico, porque, con los resultados en la mano, el juego es el único lunar que está teniendo el equipo culé en este inicio de temporada. Eso y la pólvora mojada de Luis Suárez, que desde esta tarde puede haber dejado de ser un problema.

Porque el uruguayo no ha empezado bien el curso. Su lesión en la Supercopa de España ante el Madrid le está provocando ir a remolque y no se le ve cómodo en el césped. Y para un goleador como el charrúa, estar incómodo suele traducirse en no ver puerta. Suárez no marcaba desde el pasado 14 de octubre en el Wanda Metropoliano. Cinco partidos consecutivos sin acertar con la portería rival.

El punta no escondía su mala racha hace poco en una entrevista, “En la jugada que tuve contra el Málaga, que hace toda la jugada Sergi Roberto, si no recuerdo mal o me río enseguida que le pego o antes que le pego ya sabía que iba a fallar“. Para desgracia del Leganés, Butarque asistió al reencuentro del uruguayo con el gol. Y lo hizo por partida doble. No fueron dos grandes tantos, sí de nueve, demostrando que, como el equipo, el momento pide pragmatismo. Su doblete fue una liberación y lo celebró con rabia delante de un Cuéllar con el que ya había tenido un pequeño roce.

Porque el Barça volvió a estar discreto ante el Leganés. Con Messi, la única certeza azulgrana, desenchufado, los de Valverde sufrieron para crear ocasiones y también para controlar la verticalidad del conjunto pepinero. Los goles llegaron en jugadas aisladas y en el momento justo. Los dos de Suárez y también el de Paulinho, que puso la sentencia para mantener en su escondite a todos los que criticaron su llegada en verano.

Y así sigue el equipo culé, que mientras termina de engrasarse va encontrando un protagonista distinto para resolver cada partido en ataque, como Alcácer hace unas semanas, mientras que en defensa cuenta con el muro que construye en cada encuentro Ter Stegen. El alemán cumple a la perfección con su rol de portero para equipo grande. Interviene poco, pero siempre salva la primera ocasión del rival y se agiganta en cada mano a mano.

Esta mezcla tiene al Barcelona en lo más alto de la clasificación, con una ventaja cómoda sobre sus perseguidores y con la sensación de ir a medio gas. Quizá lo más preocupante para el resto de rivales sea el margen de mejora que todavía tiene el, a día de hoy, mejor equipo de la competición.