Un Coutinho. 167 millones de euros, solo siete más de lo que le costó al Barcelona contratar a la figura brasileña del Liverpool en el pasado mercado de invierno. Eso es todo lo que se gastó la Superliga China para la nueva temporada que acaba de arrancar. Pese a la impresión popular de que el torneo asiático sigue reventando el fútbol internacional a base de talonario, la realidad señala hacia la viga en el ojo propio de la Premier League y La Liga española. Y es que el país oriental está realizando un esfuerzo consciente para contener el gasto y potenciar la cantera propia frente a la importación masiva y a cualquier precio de talento extranjero. En la temporada anterior, la inversión en fichajes había sido de 543 millones de euros

La Asociación del Fútbol Chino ha repasado cuáles son las verdaderas intenciones de la República Popular y estas no pasan por crear un campeonato atractivo a nivel internacional, sino por convertir a la selección china en potencia en el deporte con más tirón global. Para ello deben de permitir que los jugadores locales crezcan en protagonismo, en lugar de subordinarlos a las estrellas importadas. El periodista Alberto Lambea explica en el diario El Mundo que “cualquier equipo que firme a un jugador foráneo por valor de más de 5,8 millones de euros tendrá que pagar la misma cantidad que cueste el traspaso a un fondo de inversión que fomente el fútbol base en China”. 

Aunque, al igual que sucede en el fútbol europeo, hay fórmulas para enmascarar fichajes en forma de cesiones, el campeonato asiático amenaza con descontar hasta 15 puntos en forma de sanción a aquellos clubes que intenten eludir ese impuesto igual a 100% del valor del traspaso. La Superliga obliga ahora a que el número de extranjeros sobre el césped no supere el de futbolistas locales. El cupo de extranjeros por club se limita a cuatro y solo se podrá alinear a tres. También existe el requisito de alinear a un jugador chino de edad sub-23. Todo con el propósito de elevar la competitividad del equipo nacional, que no disputa una Copa del Mundo desde la de 2002 en Corea del Sur y Japón. 

La competición acaba de arrancar con sorpresa: el Guangzhou Evergrande, campeón de las últimas siete ligas, cayó derrotado 4-5 en la primera jornada. Fabio Cannavaro, el entrenador que releva a Luiz Felipe Scolari debe reconstruir un equipo que ha perdido a su baluarte Paulinho, el músculo ahora en el centro del campo del Barça de Ernesto Valverde. El subcampeón Shanghai Shenhua, que alinea a los ya multimillonarios brasileños Óscar y Hulk, no pudo pasar del empate. 

Alrededor de ellos, una constelación de futbolistas y entrenadores que, pese a las nuevas restricciones al gasto, han emprendido una aventura exótica enormemente lucrativa. En China aterrizan desde figuras emergentes en el fútbol europeo como el exariete del Villarreal Bakambu; hasta jugadores emblema de un club, como Jonathan Viera, que abandona a su Las Palmas en medio de la pelea por salvar la categoría; y otros nombres como el de Juan Cala, defensa del Getafe muy alejado de lo que se entiende por una estrella en el Viejo Continente. También los hay que, como Yannick Carrasco y Nico Gaitán, llegan a última hora vendidos como si fuesen un pack 2×1 por el Atlético de Madrid, que no ha bautizado su nuevo estadio con el nombre de una empresa china por nada. 

Ellos han salvado el peaje que el Gobierno de Xi Jinping va a imponer a los clubes y ya están dispuestos a compartir su savoir faire en China. Desaparecerán del radar del fútbol de más alto nivel con la esperanza de poder retornar dentro de un tiempo, eso sí, con una cuenta corriente tan engordada que les haga olvidarse de cualquier ocasión de gloria deportiva desperdiciada. O eso, o pueden hacer como Carlos Tévez y dar la espantada en lo que se dice ni hao

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