No debe ser fácil ser Gareth Bale. Millones aparte, claro. O, por lo menos, no es fácil descifrar lo que ocurre con Gareth Bale. Las pistas son abundantes: no acaba de encajar en el Real Madrid, donde le persigue una sospecha constante desde su llegada que el galés no es capaz de sacudirse. Sea por deméritos propios, por preconceptos ajenos o por intereses partidistas del muy especial entorno del Madrid, a Bale se le mira todo el tiempo como mira el perro de mirada aviesa de los Simpsons. Si Bale fuera un personaje de película, sería el policía infiltrado de toda peli de mafiosos, siempre observado con recelo, apuntando a otros cuando se le acusa de ser soplón (hasta Donnie Brasco se peinaba igual que Bale y hacía pesas, como suponemos que hará Bale en su tiempo libre).

Gareth Bale no marca un gol oficial con el Real Madrid desde el mes de febrero. Sólo ha jugado 57 de los últimos 103 partidos con el club que le paga más de 10 millones de euros al año. A las primeras de cambio, la prensa presiona al entorno madridista para poner a alguien en su sitio, en función de la moda del momento: primero fue Isco, luego incluso Lucas Vázquez, ahora será Marco Asensio. Cualquiera diría que hay un empeño cada seis meses en devolverlo a Inglaterra, aunque las posibilidades de recuperar la totalidad de los 100 millones de traspaso son escasas.

La sospecha sobre Gareth Bale son sus lesiones, lo opacas que son y lo frecuentes. También forma parte de la sospecha que su única salida viable parezca ser regresar a Inglaterra, lo que implica también una cierta limitación en su juego. Bale es un espectacular portento físico, que explota mejor sus cualidades en campo abierto. También tiene mucho gol, algo a lo que se aferra la dirección del Real Madrid para retener a su patrimonio más valioso y más joven. Pero da la sensación de que para explotar ese gol necesita antes recorrer unos cuantos metros y por eso tiene que acomodarse a una banda. Problema, porque eso obliga a su equipo a prescindir de un centrocampista, la línea mejor cubierta hoy en día en el Real Madrid y cuyo creciente peso empujó al equipo de Zidane a la Copa de Europa.

Bale no es la pieza de mejor encaje en el actual Real Madrid, porque Cristiano es intocable y Benzema engrana mejor que nadie. Y la ironía reside en que sería el ocupante ideal de la vacante que dejó Neymar en el tridente del Barça. El galés, fichado para contrarrestar el impacto del brasileño, acabó siendo decisivo en su primer año en Madrid pero desde entonces no ha encontrado regularidad. Y, aunque la prensa británica aluda a una cierta xenofobia mediática, el aparente aislamiento de Bale tampoco ayuda a defender su caso.

Echémosle un ojo a su cuenta en Instagram. Hay un poco de fisionarcisismo (nada comparado con Cristiano) y de publicidad de Adidas. Hay un cierto complejo del malvado Bane de Batman, fotos de colegas y familia de Gales, una sola foto reciente de su pareja. Y las demás imágenes vinculadas con el Real Madrid son o en el campo o en fotos de grupo de celebración o de entrenamiento. Las imágenes de Bale con la última Copa de Europa son en solitario. El único compañero con el que se significa (en el avión) es Luka Modric, con el que coincidió en el Tottenham.

Parece que es fácil sospechar de Gareth Bale. Quizás sea sólo eso. Quizás en Inglaterra los aficionados y periodistas hagan lo mismo con el ejército de futbolistas españoles de nivel medio que hicieron las maletas para el fútbol de las islas, firmar varias temporadas atraídos por las libras, cumplir sólo una y luego encadenar cesiones en España hasta forzar su salida. Quizás las sospechas sobre Bale acaben si juega más de 30 partidos de Liga, el 85% de los de Champions y hace muchos goles. Mientras, seguirá el recelo.

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