“Ni como equipo ni como club estamos en el mejor momento. Parece que vayamos por caminos separados. Es la primera vez en nueve años que hace que estoy aquí que me siento inferior al Madrid”. Gerard Piqué suele decir lo que piensa y, tras la derrota del Barcelona en la Supercopa de España, acertó de pleno, por más que en sus intervenciones siempre haya una carga de intención sobre su futuro en la dirección del club. El 2-0 no parece un marcador severo pero sí lo es el global de lo que se vio en el torneo, apenas a unos días de que arranque la Liga: la caída en la Supercopa pone al Barcelona ante su reflejo, y lo que ve no le gusta.

Un club cuya dirección está en descomposición y sin capacidad económica ni de carisma para revertir esa tendencia. Un equipo ajado en algunas de sus piezas claves, mal reforzado en otras, cuya identidad casera se ha ido perdiendo poco a poco y herido gravemente por la marcha de Neymar, casi tanto como por el duro golpe a nivel deportivo como por lo que desnudó a nivel institucional la marcha del brasileño. Valga como resumen el partido de Sergi Roberto en el Bernabéu, señalado por algunos análisis como el mejor jugador del Barça, en sentido más literal de la expresión. El canterano fue el más identificativo del antiguo juego culé, el que cada día parece más lejano, al mismo tiempo que barrunta su salida camino de otras Ligas, donde asumir el rol de protagonista que su propia casa le niega.

Los números se empeñan en hurgar en la herida. Es la primera vez desde el 2011 que el Barça se queda sin marcar ante su archienemigo. Y uno de esos datos que se ridiculizan cuando presumes de ellos pero que en este caso se usa como síntoma del declive deun modelo y el asentamiento del Madrid de los centrocampistas: Hacía 31 partidos Real Madrid-Barça que los blancos no ganaban la posesión.

La caída en la Supercopa es preocupante para el Barcelona a más niveles. Puso en evidencia una vez más su fondo de armario, para un equipo que la temporada pasada llegó con la lengua fuera al tramo final, agotado por el ida y vuelta que proponía Luis Enrique, del que muchas veces salía triunfador por su pegada. Luis Suárez y Messi son diésel en sus puestas a punto, pero ahora mismo es un ejercicio de fe pensar que con Deulofeu, Alcácer y Denis Suárez estarán en condiciones de competir ante un Madrid que se dejó a Bale, Cristiano, Isco y Casemiro en la recámara.

El Barça tuvo ocasiones, tanto en la ida como en la vuelta, para meter algún apurillo más que el rotundo 5-1 global de la Supercopa. Keylor Navas tuvo que parar, y los postes intervinieron en el Bernabéu. A esto se aferra Ernesto Valverde para intentar probar que aún tiene tiempo de dar forma propia a un equipo que se hereda con demasiados condicionantes (el 4-3-3, principalmente). El primer intento de menear la coctelera no salió demasiado bien. Mientras, en año de Mundial, Messi espera paciente para ver qué exige de su talento la tarea de llevar al Barça de nuevo a la cima, con la sospecha de que de repente su club se ha convertido en la Argentina que tanto ha tenido que arrastrar.

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