Fue uno de los protagonistas más destacados de la Liga Santander pasada con tan solo 150 minutos jugados en seis partidos del torneo. Pero no hace falta que corráis para ofrecerle el hueco que dejó vacante Neymar en la portada del nuevo álbum de cromos de Panini. Por desgracia para él y para su equipo, esa relevancia no se debió a unas marcas goleadoras extraordinarias en tan contadas apariciones. El delantero ucraniano Roman Zozulya no marca un gol en competición oficial desde abril de 2016. Todavía jugaba en el Dnipro.

Hace tiempo que Zozulya es noticia por cualquier cosa menos por su desempeño en el campo. Para empezar, debería encontrar quien quiera alinearlo. Su club, el Betis, le acaba de mostrar la puerta de salida porque no entra en los planes del nuevo técnico, Quique Setién. La decisión contradice las muchas oportunidades que le ha ofrecido durante la pretemporada, en la que ha disputado más minutos que en todo el curso anterior. Ahora sabemos que era una manera de ponerlo en el escaparate.

La cuestión radica en quién puede querer a un futbolista del que es más conocida su supuesta filiación política que su golpeo de balón. Por cierto, Roman es diestro. Ultradiestro, dicen.

Las imágenes que mostraban a Zozulya como simpatizante de Pravy Sektor, un grupo político y paramilitar ultraderechista de Ucrania, detonaron el rechazo frontal de la afición del Rayo Vallecano a su llegada el pasado enero como cedido por el Betis. Con el contrato ya firmado en Vallecas, el delantero tuvo que regresar forzosamente a Sevilla, aunque ya sin poder jugar el resto de la temporada. El club andaluz denunció entonces públicamente el trato de los rayistas a su jugador. Hoy, según el agente del ucraniano, es la entidad verdiblanca la que lo deja desamparado.

El representante de Zozulya sostiene que lo han despojado a última hora del dorsal, de su taquilla en el vestuario y de la ropa de entrenamiento. El Betis niega las dos últimas acusaciones y concede que la primera se debe a una cuestión estrictamente deportiva. Mientras tanto, no para de llamar por teléfono para intentar encontrarle acomodo al jugador. Sin ningún éxito.

El ucraniano es lo que en fútbol se llama un “delantero incordio”. Sucede, para mal suyo y de los propietarios de sus derechos, que no incomoda tanto a los defensas rivales como a los departamentos de comunicación y secretarías técnicas propias.

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