Vamos a aprovechar estas líneas para consolar al tatuador de Sergio Ramos. Tú estate tranquilo que, aunque él te haya dicho que a lo mejor te toca dibujarle una pelota dorada en la piel, no vas a tener que sufrir el trance de buscar un hueco libre en ese monumento al horror vacui que es la espalda del futbolista del Real Madrid.

«No lo veo una locura. Si me lo entregan a mí sería un momento histórico». El cacique de la defensa campeona de Europa defiende así su candidatura al más reconocido premio individual del fútbol, el Balón de Oro, en una entrevista en la revista italiana Undici.

Ramos escoge bien dónde hacer esas declaraciones. Se publican en un idioma, el del calcio, que aprecia y respeta el trabajo de los jugadores que se encargan de evitar los goles, un esfuerzo mucho más ingrato que el de los responsables de anotarlos. Por eso acude al ejemplo más reciente para defender su causa: «El Balón de Oro últimamente ha sido un asunto personal entre Messi y Ronaldo, pero Cannavaro, por ejemplo, que era amigo mío, lo ha ganado».

En aquel premio al central italiano pesó sobre todas las cosas el triunfo de la azzurra en el Mundial de Alemania 2006, un trofeo que Fabio, traspasado en aquel verano de la Juve al propio Real Madrid, elevó al cielo con la ayuda del portero Gianluigi Buffon, segundo más votado para el galardón. La elección ya fue polémica en su día, por relegar a Henry, Ronaldinho o Zidane en el escalafón.

«No lo veo una locura…». Pues bien haría el de Camas en verlo como tal. En primer lugar porque no es el mejor futbolista del momento y ningún jurado internacional lo reconocería así. Y en segundo lugar porque ni siquiera fue el jugador más determinante en los éxitos de su equipo. Ramos tiene al enemigo en casa. Viste la camiseta número 7, se llama Cristiano Ronaldo y es el principal candidato al premio.

Sergio Ramos tiene un gran mérito. Ha sido capaz de construirse una imagen de capitán mítico de esas que tanto gustan en la Casa Blanca y ha sido protagonista de momentos imborrables como goleador en tiempo de descuento para mayor gloria de su club. También, presa de sus excesos como defensor, de momentos inolvidables para otros clubes. A él acuden los micrófonos de la prensa de Madrid como quien acudía al Oráculo de Delfos: actúa como guardián de las esencias del Bernabéu y de la selección española y siempre está al quite para decir cuándo hay que silbar o no a Gerard Piqué.

Eso puede valer para ganarse la portada de Marca, pero no es suficiente para posar con el Balón de Oro en la de France Football.

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