El fútbol se ha convertido en un deporte que cada vez deja menos espacio a las sorpresas. Salvo milagros como el del Leicester en la Premier hace dos temporadas, la entrada de capitales extranjeros en las grandes ligas ha posibilitado que los ricos se hagan más ricos, haciendo bueno el dicho popular de ‘tanto tienes, tanto vales’. Esto deja a los equipos modestos con pocas más aspiraciones que las de realizar un buen año de tanto en tanto, pero con posibilidades mínimas de poder construir un proyecto a medio plazo.

Con esta dura realidad se ha encontrado el Alavés. El conjunto vasco fue la indiscutible revelación de la Liga española la temporada pasada. Regresaba a la máxima categoría tras 11 años alejado de la élite con el objetivo de lograr la permanencia. Lo consiguió de forma holgada. Ganó en el Camp Nou, en el Madrigal y empató en al Calderón. Pero la guinda fue alcanzar la final de la Copa del Rey, torneo en el que sólo Messi le hizo arrodillarse.

Vitoria soñaba con poder, quizá, volver a ver a su equipo triunfar en Europa como en los inicios de este siglo. Pero sólo unos meses después todo ha cambiado. El Madrid repescó a Llorente y se llevó a Theo Hernández, sus dos mejores jugadores el año pasado. Deyverson también se fue. El golpe definitivo fue la salida de Pellegrino, el arquitecto del sueño vivido, que se marchó a la Premier tras una salida un tanto extraña. Su compatriota Luis Zubeldia tiene que ganarse aún la confianza de la afición vitoriana.

Llegó Zubeldia, otro argentino, para tomar las riendas del banquillo, y a última hora se han incorporado Munir, Bojan y Medrán, nombres propios que en principio dan garantías. Pero las cuentas, de momento, son claras: tres jornadas, tres derrotas y cero goles a favor. El Alavés debe encontrar la forma de volver a construir los cimientos sólidos que este verano le derrumbaron, pero el fútbol ni perdona ni tiene memoria, por lo que más le vale hacerlo rápido.

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