Anda el Atlético de Madrid instalado en la contradicción y el estreno de su nuevo estadio no hizo sino acrecentar el dilema. Definidos en parte por la oposición al vecino blanco, a los colchoneros les gusta arrogarse la condición de equipo popular, esforzado, más obrero si se quiere. Frente al himno cantado por Plácido Domingo del Real, la canción canalla de Sabina; ante el esmóquin de Zidane, el chándal de Aragonés; unos con el con temido y todopoderoso constructor Florentino Pérez en el timón, los otros con el productor de las películas de Álvaro Sáenz de Heredia, Enrique Cerezo. Pero ahora el Atleti tiene un estadio nuevo, uno de ricos, uno que parece hecho para la ópera y no para el rock. Menos mal para ellos que es Simeone quien sigue llevando la voz cantante.

Se estrenó el Wanda Metropolitano y ganaron los locales 1-0 al Málaga para no estropear la primera página de la biografía del nuevo recinto. Los dilemas del Atlético se evidenciaron en la inauguración: el coliseo tiene un nombre que apela a sus esencias mezclado con otro de un patrocinador chino; las instalaciones y el decorado son de última generación pero la fiesta fue una chusca exhibición patriotera a cargo del Ejército del Aire; el club se imagina barrial pero en el palco estaba un rey con corbata roja.

Alabado sea pues el operario que en las pruebas previas al estreno colocó la gigantesca bandera del club madrileño con el escudo al revés, una anécdota que sirvió para pinchar el globo de la impostura: el aire que agitaba las franjas rojiblancas con el oso y el madroño boca abajo era el aire de la normalidad.

Ahora tiene el Atleti un campo para mirarle a los ojitos, como diría el Sabio de Hortaleza, a Madrid, a Barça, a Bayern, al PSG, a los grandes clubes ingleses. El escenario parece que pide violines, pero este equipo del Cholo funciona a golpe de bombo. No se dejó embelesar el técnico argentino por el escenario y salió a jugar contra el colista de la Liga con un musculoso centro del campo formado por Gabi, Thomas, Koke y Saúl. Y todo discurrió como era de prever: sin brillo, atrancado, romo.

Durante el descanso debió de pensar Simeone en el chavalín de la cantera que realizó el saque de honor junto a Gárate y Fernando Torres, un acto que buscaba conectar de manera sencilla las tres edades rojiblancas. Supuso el técnico que un estadio así es un estadio para equipo que busca ganar. Por el camino que iba, el pequeño canterano a lo mejor se le hacía del Barcelona antes del final de la primera vuelta de la Liga. Así que se destapó.

Encomendado a Oblak, que detuvo las ocasiones de un Málaga que quiere y no puede, el entrenador dio carrete a Carrasco y a Torres. Al momento llegó el gol de la victoria, el gol para la historia. Lo anotó Griezmann. Otro dilema. El francés es la estrella de este Atleti pero se dice que quiere jugar en otro equipo, el Manchester United. Está la grada del Calderón (perdón, del Wanda Metropolitano) que no sabe si odiarlo o amarlo. Anoche lo aplaudieron. La ocasión lo merecía. Y cuando volvían a sus casas, sin sentir ya el frío del río Manzanares, quizás pensaron que un estadio así de flamante a lo mejor sirve para convencer a sus figuras de que se queden.

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