Aun sin pruebas, podríamos apostar confiados a que Juan Carlos Valerón no alzó la voz para pedir una oportunidad. Pero le ha llegado. Al menos durante unos días va a ser el primer entrenador de la UD Las Palmas, el equipo en el que descolló hace más de 20 años. La sorprendente renuncia de Manolo Márquez al cargo lo pilló como primero en la línea sucesoria. El de Arguineguín, un monumento vivo a la esencia del fútbol canario, el espejo en el que se miraron Silva o Viera, ejercía como segundo entrenador y figura simbólica. Y en los entrenamientos, a sus 42 años, enseñaba el fútbol que sus discípulos ni imaginan.

Márquez fue una solución de emergencia de la directiva tras el estrambótico fichaje frustrado del favorito para el banquillo insular, Roberto De Zerbi. El recambio saltó del filial, al que ascendió a Segunda B, hasta la máxima categoría. Seis jornadas y cuatro derrotas después, la última de ellas en casa frente al Leganés, el técnico, superado, dimite. «Simplemente porque no acababa de llenarme a mí mismo porque los jugadores estaban bien, pero es una decisión más personal de no verse uno que de otra cosa», explicó Márquez sin que nadie entendiese muy bien qué estaba diciendo.

La suya es otra baja más en la escabechina de banquillos del inicio de La Liga. Primero cayó el técnico del Alavés, Zubeldía, y a continuación despidieron a Fran Escribá del Villarreal. El técnico del Deportivo, Pepe Mel, se juega su continuidad en el próximo encuentro; Míchel vive una reválida cotidiana en el Málaga; y tanto Eusebio como Unzué han escuchado ya los silbidos de Anoeta y Balaídos, respectivamente.

Y en esto llega el turno de Juan Carlos Valerón. Un turno provisional. Aunque ya obtuvo el título de entrenador nivel UEFA B, no posee la titulación suficiente para sentarse en el banquillo la próxima jornada. Además, ahora tampoco se permiten artimañas como la que posibilitó a Zinedine Zidane entrenar al filial del Real Madrid. Por eso Las Palmas busca técnico cuanto antes. Hacia Canarias vuela un conocido de Valerón. El Turu Flores y él vistieron la camiseta amarilla y también la blanquiazul del Dépor.

El Flaco nunca ha hablado demasiado y cuando lo hacía costaba escucharlo, con ese tono tan suyo, agudo y susurrante, como si no quisiera molestar. Si no puede ser primer entrenador más que unos días, esperará a que llegue su oportunidad definitiva. En asuntos de fútbol es imposible que Valerón moleste a alguien: el juego y él son la misma cosa o, dicho de otro modo, él es de esos pocos capaces de verlo y jugarlo como realmente es, como el fútbol quisiera ser jugado. Como lo jugaba cuando el público de Las Palmas aprendió su nombre.

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