En el día más difícil, o al menos más convulso, de la historia reciente del Barcelona, con un partido que no se puede separar del contexto político y social que vivió la ciudad en el 1 de octubre, sólo una persona permaneció impasible, dedicado a lo suyo, la misma garantía de siempre, llueve, truene, haga sol o el país en el que juegue de repente cambie de estatus jurídico y fronteras: Leo Messi marcó dos goles y dio el pase del tercero en el 3-0 del Barcelona sobre Las Palmas. Un partido que nadie olvidará, aunque el motivo no sea tanto el maravilloso regate con el que La Pulga sentó al portero rival como las circunstancias que lo rodearon. Y de paso, dejó la imagen icónica de su camisa número 10 lanzando un córner con el plástico de los asientos y el cemento de las gradas como testigos.

El Barça jugó con el Camp Nou vacío, porque no se atrevió a suspender unilateralmente (la palabra clave en Cataluña) el choque contra Las Palmas arriesgándose a una grave sanción de la Liga y la RFEF. Ver el mayor estadio de Europa sin gente para un partido oficial es una imagen dantesca. La explicación del presidente Bartomeu (“Para que vean cómo sufrimos”) también. Varios directivos del club han renunciado y otros piensan hacerlo, porque en realidad lo que querían era que no se jugase. La plantilla también había mostrado su división, con una pequeña mayoría a favor de que el duelo contra los canarios (que estuvieron a punto de hacer miles de kilómetros en avión, sin que nadie les preguntase qué les parecía el asunto) sí se disputase. Para colmo del despropósito, en un partido jugado a puerta vacía se coló un espontáneo, algo que sí  que de verdad debe tener pocos precedentes en la historia.

Sí que hay muchos más precedentes de Leo Messi, la constante de un Barcelona que arrancó con dudas deportivas, se estabilizó en ese campo y ahora vuelve a ver sus cimientos temblar por otras cuestiones. A Messi le da igual, o al menos aparenta que le da igual: lo suyo es seguir con la excelencia. Dos goles más para su cuenta, imparable en la Liga, una marcha que en el 2017 le ha llevado a marcar mucho más que nadie y, que si sigue así, seguirá ampliando porque el Barça además lo ncecesita:

Para el recuerdo, su regate a Chichizola, un abuso de talento, calma y olfato, con el que tiró al portero de Las Palmas al suelo. Lástima que nadie pudiera gritar de admiración en la grada al verlo. Luego Messi (que pudo marcar dos o tres más como rutina) aprovecharía un gran pase de Rakitic para cerrar la cuenta de un partido sin historia y terriblemente desangelado, como la sensación que dejó el 1 de octubre entre quienes desprecian la actuación policial y quienes no desean que Cataluña se independice. Para colmo de un día para olvidar, Gerard Piqué se erigió en protagonista elevando por enésima vez su reivindicación como valor indudable y comprometido de la selección española pero ofreciendo su sacrificio personal en pos de no se sabe muy bien qué. Fue un día más pero Leo Messi, pero quizás sólo lo fue para él.

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