El Deportivo de La Coruña despidió a Pepe Mel tras la derrota 1-2 frente al Girona de este lunes en Riazor. Es el cuarto entrenador en perder el cargo en esta temporada de La Liga Santander, y sigue a los ceses de Luis Zubeldía y Fran Escribá en Alavés y Villarreal respectivamente, y la renuncia de Manolo Márquez en la UD Las Palmas. Después de nueve jornadas disputadas, el Dépor ocupa el puesto 16 de la clasificación y tiene ocho puntos, dos puntos de distancia sobre la zona de descenso. El adiós de Pepe Mel se ha precipitado por una cuestión de coherencia y otra relacionada con las expectativas.

La coherencia se debe a que las comparaciones son odiosas. Cuando Mel llegó a A Coruña lo hizo para suceder a Gaizka Garitano. Desde mediada la pasada campaña hasta el momento actual, el Dépor del técnico madrileño ganó solo seis encuentros de 24 disputados. Pero es que sus datos en la presente temporada calcan los del entrenador vasco al que sustituyó y que, hace ahora un año, ya empezaba a ser cuestionado. Lo que acabó condenando a uno, condena al otro.

Las expectativas tienen que ver con lo sucedido el pasado verano. El equipo gallego arrastra una enorme deuda económica que ahogaba las posibilidades del club para crecer deportivamente e intentar acercarse a su época dorada, vivida durante los años del cambio de siglo XX al XXI. Un acuerdo con su patrocinador Abanca ayudó a refinanciar las cargas y librarse de los inaplazables pagos a Hacienda.

El efecto inmediato de ese negocio fue la subida del tope salarial del Deportivo, que dejó de ser de los últimos del campeonato para aproximarse a la zona media. El alivio permitió al club elevar la calidad de la plantilla, que añadió a jugadores de caché como el central Fabian Schär o los delanteros Lucas Pérez y Adrián López, para acompañar a otras piezas descollantes como Florin Andone o Sidnei.

Satisfecho con el talento a su disposición, Pepe Mel anunció al empezar la temporada: “Ahora me toca a mí”. Y aquel mensaje hoy deja una bala humeante en el pie del técnico.

Mel fue quejoso durante la pasada campaña, aduciendo que heredaba un proyecto que no era el suyo. En esta no ha sido capaz de que el Deportivo responda a la ilusión de sus aficionados. El equipo, sin plan de juego y endeble en defensa, repite viejos errores que él no ha sido capaz de remediar. Su último partido en el banquillo de Riazor, frente a un Girona que al menos fue capaz de ejecutar su modesto plan para llevarse los tres puntos, resultó un compendio de todos los problemas que condenaron al míster.

Desde que la directiva presidida por Tino Fernández tomó el relevo de Augusto César Lendoiro, se han sucedido los entrenadores en un banquillo que ha tomado fama de eléctrico. Fernando Vázquez, Víctor Fernández, Víctor Sánchez del Amo, Gaizka Garitano, Pepe Mel y, ahora, Cristóbal Parralo. El cordobés, que muchos recordarán como lateral de largo recorrido en La Liga (vistió las camisetas de Barcelona, Logroñés, Oviedo o Espanyol, antes de retirarse en el París Saint-Germain), es el nuevo responsable del Dépor tras conducir a su filial de Tercera a Segunda División B, donde lo mantenía como sorprendente líder.

Cristóbal no es una solución temporal. La directiva lo ha confirmado hasta final de temporada. Salvo nueva zozobra. Porque el Deportivo, cuya campaña de abonados de este año emplea el lema #SomosXenteMariñeira (#SomosGenteMarinera), sigue pensando que cuenta con una buena tripulación y quien falla es el timonel. Si no es así, entonces es que hay una vía de agua abierta y peligra la flotación de la nave.