Cuando Isco marcó el 0-1 en Montilivi, aquello sonaba a película ya vista. El Girona se había presentado ante el gigante con el ímpetu propio de los recién ascendidos, suplió sus carencias con esfuerzo y fabricó una ocasión ante Kiko Casilla. El público cantaba gol mientras el balón daba en la madera. Aún no se había apagado el eco decepcionado de los gritos gerundenses cuando el Real Madrid recogió el balón escupido por el poste y armó un contragolpe que, este sí, terminó en gol.

A la luz de esa secuencia el 2-1 final resulta inconcebible. Porque lo que está escrito es que cuando un equipo modesto perdona ante el campeón de Europa y este golpea en la jugada siguiente, no queda sino claudicar. Pero competir una Liga a remolque es algo muy sacrificado. Y, con una visita al Tottenham pendiente a mediados de la próxima semana, ni Cristiano Ronaldo, ni Modric, ni Kross tenían ganas de correr. Excepto dos o tres jugadas de seda de Benzema en la primera parte, y el afán de Isco por multiplicarse y compensar la dejadez de sus compañeros, no hubo noticias del Madrid en Girona. El sesteo merengue fue antológico.

El equipo local tiró dos veces al poste en el primer tiempo. Ajustó la mira y tiró otras dos veces en la segunda parte, esta vez por dentro. Stuani primero, dándose el lujo de cambiar el balón de pie antes del remate, y Portu después, con un taconazo en el límite del fuera de juego, arrearon el sopapo que despertó a la bella durmiente. Pero los blancos seguían soñando con su reflejo en la Champions League.

Zinedine Zidane hizo y deshizo, con defensa de tres, cambiando a sus laterales (Marcelo y Achraf) por extremos (Asensio y Lucas Vázquez), sin ser capaz de espabilar a su equipo. Pablo Machín, un tahúr de las estrategias para perder tiempo, enredó con los cambios y descontó los segundos que pudo al reloj para que su equipo se llevase la victoria.

Con la derrota cesó la racha de 13 triunfos seguidos a domicilio del Madrid, la mejor de la historia de La Liga. Pero es otra estadística la que verdaderamente preocupa en Chamartín: nunca enjugó el equipo blanco una diferencia de ocho puntos respecto al líder. Es la ventaja que le lleva el Barcelona.

Y es que tal vez entraba dentro de los cálculos madridistas perder un título por los goles de Leo Messi. Lo que no se imaginaban era dejarlo escapar por las paradas de Ter Stegen.

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