Hechos, no palabras. Théo Bongonda, que con 22 años aún tiene toda una carrera como futbolista por delante, está descubriendo que es mucho más fácil hablar que demostrar. Tanto que uno puede fantasear delante de un micrófono con jugar la Champions League pero acabar teniendo que ganarse un puesto en un equipo de la zona baja de la liga de Bélgica. Hace menos de un año, el prometedor extremo de Charleroi ya veía cómo Pione Sisto lo relegaba en el Celta de Vigo, pero eso no le impedía desbarrar en una entrevista con un medio de su país: “Podría estar cómodo durante un par de temporadas más, o tres, pero no es mi ambición pasar aquí (en Vigo) el resto de mi carrera. Tan pronto me llamen equipos como Chelsea, Manchester o Atlético de Madrid, creo que debo atreverme a dar ese paso”. Hoy, ese equipo que no era suficiente para él ha tenido que cederlo a su club de origen, el Zulte Waregen belga, tras ser despreciado por su anterior usufructuario, el Trabzonspor turco.

La de Bongonda no es una historia muy diferente a la de tantos otros futbolistas que se ven sobrepasados por sus propias expectativas y pierden el contacto con la realidad. Cuando el ex director deportivo del Celta, Miguel Torrecilla, lo fue a buscar a Bélgica en 2015, aquel zurdo liviano apuntaba a ser una nueva perla de esa cantera de le plat pays que vive una época dorada. Sin embargo, poco a poco Théo se fue asemejando más a otros jóvenes e inconstantes talentos belgas en España, como Yannick Carrasco o Zakaria Bakkali, que a la generación de Hazard, De Bruyne y Lukaku.

Sus dos temporadas en Vigo apenas sirvieron para ver destellos del jugador que podía ser. Empezó a comportarse como una estrella más fuera del campo que sobre el césped. Se manejaba en las redes sociales y en su tiempo libre con el aire de una rap-star mientras en los despachos de Balaídos buscaban un relevo de garantías para su posición. Llegó el danés Pione Sisto y en seguida se convencieron en el club celeste de que su techo era mayor que el de Bongonda.

Pero el chaval no se daba por aludido por su suplencia y continuaba fantaseando con una carrera de élite en equipos de más fuste. “Si puedo elegir un club, voy al Sevilla. Siempre me he sentido atraído por ese equipo, no sé por qué. Sería un buen siguiente paso en mi carrera. Siempre juegan en Europa y es una ciudad muy bonita”, decía en aquella infausta entrevista sin reparar en que su única meta debía consistir en empezar a jugar con regularidad en su club. “Si el Real Madrid llama a mi puerta no diría tampoco que no”, apostillaba en pleno delirio.

Meses después de aquella salida de tiesto, el equipo gallego lo cedía al Trabzonspor, donde solo ha jugado cinco partidos, 213 minutos en total, en lo que va de temporada. Marginado, los turcos se lo han devuelto al Celta en cuanto han podido, y los vigueses lo han rebotado al equipo belga en el que lo encontraron hace dos años y medio. Quizás de vuelta en sus orígenes, Théo Bongonda pueda darse cuenta de una vez por todas de cuál es su lugar actual en el fútbol profesional: el Zulte Waregen y no el Real Madrid.