La muerte de Enrique Castro, Quini, emociona por igual a aficionados del Sporting de Gijón y del Barcelona, y eso da la dimensión futbolística y personal del delantero asturiano. Símbolo de un club obrero y cimentado en la mano de obra joven, esforzada y talentosa de la tierra, y también en el panteón de uno de las instituciones más grandes de Europa, donde fue pedido coo compañero de Johan Cruyff y lo fue de Diego Armando Maradona. La vida de Quini parece sacada de una novela, porque las peripecias deportivas y personales por las que atravesó el Brujo suenan hoy en día a ficción, a una época pasada que parece muy lejana pero fue anteayer.

El delantero cuyo nombre ya irá ligado para siempre al estadio de El Molinón en su Gijón adoptiva se forjó en un campo de carbonilla, como decían los niños que salían con las rodillas negras del empedrado de los Salesianos donde Quini marcaba sus primeros goles. Eligió el Sporting al Oviedo de su ciudad natal y esa decisión es quizás lo más moderno de una vida que suena a película de época. La magnífica cronología de su vida publicada por el diario El Comercio es difícil de superar si no es a través de la ficción. Haber sido siete veces máximo goleador del fútbol español y que su nombre se de obligada mención al hablar de Messi y Cristiano Ronaldo dan la dimesión del Quini futbolista. Con la salvedad de que, como dice Esteban, portero y capitán del Oviedo, “a Quini podías besarlo y abrazarlo” por la calle.

Pero es todo lo que le sucedió al Brujo lo que parece un sueño. George Best le rompió la cara en uno de sus primeros partidos internacionales con España y se pasó un año sin jugar por un pómulo roto. Fue secuestrado durante un mes, viviendo en un zulo de Zaragoza y comiendo bocadillos de un bar, y eso no le impidió ser el máximo goleador de España esa temporada. Su secuestro llegó una semana después de que España viviese un intento de levantamiento militar. Su liberación coincidió con la primera victoria de la selección en campo inglés. Ni el país ni su equipo eran exactamente lo mismo que son ahora. 

El Barcelona lo fichó con 31 años y no pudo antes porque en el país los equipos tenían el derecho de retener a sus jugadores casi contra su voluntad, una de las cosas más chocantes para la generación actual. Eso privó a Quini de ganar mucho más dinero en su brillante carrera (entonces el futbolista español ni soñaba con hacer currículum en el extranjero), pero permitió al Sporting de Gijón ser subcampeón de liga. Quini jugó apenas 35 partidos con España y marcó 8 goles, pero aún así está considerado uno de los grandes delanteros de su generación y de todos los tiempos.

Quini se retiró del fútbol una vez y volvió con el Sporting para ser otra vez más máximo goleador. Vio a su hermano morir en una playa del Cantábrico por salvar a dos niños que tenían problemas en el agua. Superó un cáncer de garganta al que nadie le veía buen pronóstico. Venía de una familia de futbolistas, con la ironía de que su padre y dos de sus hermanos fueron porteros. Todos los detalles biográficos y futbolísticos de Enrique Castro parecen sacados de otro tiempo. Su último gol como profesional fue en Zaragoza, la ciudad en la que lo retuvieron unos desesperados por la crisis económica. “Lo importante de las botas es lo que metes dentro de ellas, no juegan solas. Hay quien se compra las botas de Messi, de Cristiano… Pero si no le sabes pegar…”, decía en una entrevista reciente. El fútbol es otro hoy en día y en él Quini sería un raro. Y eso no dice nada bueno del tiempo que vivimos.