A Quini lo vino a reclamar la muerte cuando circulaba en coche por el centro de Gijón para regresar a su casa. Si los transeúntes se hubiesen dado cuenta a tiempo de lo que estaba sucediendo, sin duda la habrían ahuyentado. Porque todo el mundo quería a Quini, un futbolista excepcional y un tipo humilde que había conocido lo bueno y lo malo de la fama en una España que transitaba hacia la democracia. Dos policías los asistieron en medio de la calle y lo intentaron reanimar mientras llegaba la ambulancia. Cuando lo trasladaban al Hospital de Cabueñes, un segundo infarto silbó el final del partido para El Brujo. Enrique Castro moría a los 68 años y con él desaparecía un pedazo del escudo del Sporting de Gijón y del FC Barcelona

Ovetense de nacimiento, quién lo diría, heredó el nombre y el mote de su padre. Sus dos hermanos, Jesús y Falo fueron porteros. El primero de ellos, conocido como Castro, defendió la meta del Sporting durante 17 años mientras Quini, alguien tenía que hacerlo en esa familia, se ocupaba de marcar los goles. Jesús murió ahogado en 1993 en un playa cántabra después de rescatar del mar a dos niños ingleses y su padre. El Parque Inglés de Gijón fue rebautizado quince años más tarde como el Parque de los Hermanos Castro

Con un olfato goleador tan afilado como su nariz, Quini fue contratado por el Sporting en 1968. Una temporada más tarde ya había logrado ascender al equipo asturiano a la Primera División y había conquistado el primero de sus siete Trofeos Pichichi (cinco de la máxima categoría y otros dos en Segunda). En 1970 debutó como internacional con la selección española. Disputó 35 encuentros con el combinado nacional y marcó 13 goles en una de las etapas más grises del equipo.

Pero en el fútbol de clubes era una estrella al nivel de los grandes fichajes extranjeros del campeonato. Se mantuvo en activo hasta 1987. La excepción estuvo en el año 1972. En un encuentro de selecciones contra Irlanda del Norte, el quinto beatle George Best le fracturó el pómulo de un codazo. La lesión fue tan compleja que lo mantuvo un curso entero fuera de los terrenos de juego. Vistió siempre la camiseta rojiblanca del equipo gijonés excepto entre los años 1980 y 1984, cuando la cambió por la blaugrana del Barcelona tras un traspaso de 85 millones de pesetas. 

Al poco tiempo de llegar a Can Barça ocurrió lo indecible. El 1 de marzo de 1981, después de marcarle dos goles al Hércules, una furgoneta lo para fuera del Camp Nou y unos individuos lo secuestran a punta de pistola. Quini pasará 25 días en paradero desconocido mientras sus captores exigen un rescate de 100 millones de pesetas y el país entero vive con desconcierto la situación. Finalmente, la colaboración de la policía española y suiza, que logran levantar el secreto bancario del país helvético para descubrir al titular de la cuenta a la que iría el pago de la libertad de Quini, permite dar con el futbolista. Lo localizan, demacrado, en el sótano de un taller mecánico de Zaragoza. El Barcelona pierde aquella Liga, pero gana un ídolo. 

Cuando deja el Barça acumula un palmarés con dos Copas del Rey, una Copa de La Liga, una Supercopa de España y una Recopa de Europa. Quini anuncia su retirada, pero se desdice al cabo de un mes y se regala tres años más de propina en su casa, en el Sporting. Allí completará un registro total de 219 goles en Primera División, el octavo máximo goleador histórico de La Liga, y se consolidará como máximo artillero sportinguista en la primera categoría con 165 dianas. 

Quini continuaría ligado al club asturiano, ejerciendo de delegado y despertando simpatía y reverencia a partes iguales en los campos que visitaba. Todos en el fútbol español querían a Quini. Así lo demuestran los numerosísimos mensajes de clubes y jugadores en las redes sociales al enterarse de su fallecimiento. La Federación Española de Fútbol ha solicitado que se guarde un minuto de silencio en su memoria en todos los campos. 

Enrique Castro, Quini, ya era una leyenda en vida. La leyenda continúa.