El numeroso público foráneo que acude al Camp Nou como parte de su experiencia turística para disfrutar de la ciudad de Barcelona, lo hace con ganas de ver a Leo Messi hacer esas cosas que solo Leo Messi es capaz de hacer. Los que asistieron al partido que el Barça le ganó 2-0 al Athletic Club de Bilbao disfrutaron de 45 minutos excelentes del genio argentino. Solo de eso. En la segunda mitad tuvieron que aprender a disfrutar de otras suertes del fútbol como el marcaje, la anticipación y el corte. Porque, tras resolver el partido en el inicio y certificar una semana más su holgado liderato en La Liga, los culés apenas cruzaron el medio campo después de pasar por los vestuarios. Leo, Coutinho y Paulinho cedieron todo el protagonismo a Gerard Piqué y Umtiti, impecables en su trabajo defensivo. Claro que para el espectador aquello se quedaba un poco corto. 

El Athletic Club apenas había rozado un balón en ocho minutos de juego hasta que Kepa Arrizabalaga tuvo que recogerlo de su red. El Barça tocaba, tocaba y tocaba la pelota ante el cuadro vasco, que dudaba entre ir o quedarse. Los blaugrana pasaban el balón entre Ter Stegen y sus defensas, tentando a los leones. El zarpazo lo dieron los locales, que ante la poca confianza visitante al acudir a la presión, aceleraron el tránsito del balón en el centro del campo y deshilacharon el poco tupido entramado del Cuco Ziganda. Messi atrajo a cuatro defensas y dio su pase favorito, ese que habilita la carrera de Jordi Alba (que partió al límite del fuera de juego). El profundo lateral barcelonista sirvió el gol a Paco Alcácer, relevo del sancionado Luis Suárez, totalmente solo en el corazón del área. Los defensores que habían picado en el anzuelo de Messi lo vieron rematar a placer el 1-0. 

Así se inauguró el marcador y un vendaval del Barcelona, que comenzó a fabricar ocasiones de todo tipo mientras el Athletic se desmoronaba. Con Rakitic haciendo a las mil maravillas de Busquets, lesionado, y Paulinho dando pases de una calidad que no se le suponía, fueron Leo, Coutinho y, de nuevo, un buen Dembélé, los encargados de desarbolar una y otra vez a la zaga rival. El exceso de barroquismo, las ganas de fabricar un gol de videoteca, estragaron el caudal ofensivo del Barça.

Messi, que había regalado al púbico barbaridades como un caño entre las piernas de Sabin Merino tras pisar el balón, se percató de que convenía cerrar el partido antes de seguir fantaseando. En el minuto 30 recogió un buen pase de Dembélé en la frontal del área. En una fracción de segundo lo acomodó y golpeó con una violencia tremenda con su pie izquierdo. Kepa, estirado cuan largo es sobre el césped, lo vio pasar al lado de su poste izquierdo un instante antes de que su manopla llegase allí. 2-0 y algo inédito: el crack lo celebró bailando. 

En el segundo tiempo Ziganda introdujo a Iturraspe, Williams y Aduritz, suplentes en el Camp Nou. El Athletic empezó a parecerse entonces a una mejor versión de sí mismo. Cercó el área del Barcelona y al menos remató en varias ocasiones, aunque sin mucho peligro. Al equipo de Ernesto Valverde le pareció bien practicar la defensa y ya no hubo apenas noticias de sus estrellas atacantes. Entró Andrés Iniesta, para el que todos los minutos son pocos en este mes y medio que se ha dado para decidir si sigue en el Barça o apura su carrera en otras latitudes.

Ni con el manchego sobre el campo pudieron los catalanes defenderse con el balón en los pies. Su bajada de revoluciones coincidió con el renovado ahínco bilbaíno. Entonces brillaron Piqué y Umtiti, quienes, como ante el Chelsea en Champions League, se bastaron para sofocar cualquier amago de remontada. El partido se desvaneció sin interés. Como La Liga, a la que restan nueve jornadas, y en la que el Barcelona continúa como líder invicto. 

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