A veces parece como si Keylor Navas no hubiese bajado nunca de aquel avión al que subió con destino a Manchester. El mal funcionamiento del fax de las oficinas del Santiago Bernabéu frustró el intercambio del portero del Real Madrid con el del United, David De Gea. Desde entonces, el costarricense es lo más parecido que hay a un interino en el once titular del vigente campeón de Europa. Recientemente se ha engominado la melena y se ata un chicho ridículo en la coronilla como su homólogo en los red devils. Quizás sea la forma más sencilla que Navas tiene para asemejarse a De Gea y aplacar las ganas de Florentino Pérez de reemplazarlo

Algún día alguien de la cúpula blanca tendrá que explicar los motivos por los que su portero, pieza importante de los últimos éxitos del club, siempre ha gozado del estatus de mal necesario, un sucedáneo que calienta el puesto bajo los palos a la espera de que llegue de una vez el cancerbero destinado a eclipsar el recuerdo de Iker Casillas en la meta blanca

Siempre da la impresión de que a Keylor le falta relato, glamour, heráldica. En un momento en el que la categoría de los futbolistas a menudo se resume en “tanto cuestas, tanto vales”, el tico fue un saldo que el Madrid encontró en el Levante por 10 millones de euros. Sus afilados reflejos le valieron minutos de protagonismo en los highlights de La Liga 2013/2014, cuando salvó al modesto equipo valenciano de descender. Su brillante actuación con Costa Rica en el Mundial de Brasil 2014 acabó por hacerlo digno a los ojos del Bernabéu. 

Y, sin embargo, Navas nunca parece suficiente. Ha calado la idea, porque la furia goleadora de la vanguardia blanca basta para justificarla, que esta época de triunfos del Madrid de Zidane se cimenta en la pegada. Existe el convencimiento de que, pese a ocupar la portería del club más ganador en uno de los momentos álgidos de su historia, Keylor no pertenece a la élite. El Madrid, este Madrid, dicen los abonados a esa teoría, se merecería a un portero trascendente, a uno por el que pagar decenas de millones de euros. A uno a la altura de De Gea, Neuer, Courtois, Alisson, Ter Stegen… A uno que, como Jan Oblak, el del Atlético de Madrid, pueda frenar en un mismo partido un buen puñado de remates de los mejores delanteros del mundo. 

Durante la exhibición de Oblak en el derbi madrileño, también Keylor se lució. Detuvo un remate cercano, duro y ajustado al poste de Diego Costa, que habría puesto al Atleti en ventaja. Pero aquella acción puntual y alguna otra se perdieron entre los merecidos elogios a su rival esloveno, que desarboló el festín de remates merengues en el primer tiempo. 

Nadie duda de que al Madrid se le volverán a ofrecer porteros en este próximo mercado estival. Para no tener que volver a hacer una maleta y subirse a un avión, Navas cuenta con un apoyo transcedental, el de su entrenador. Zidane ya rechazó la contratación en invierno del portero joven con más futuro de La Liga, Kepa Arrizabalaga, un movimiento que desconcertó en la planta noble de Chamartín. También la afición blanca parece tenerlo en buena estima, acaso porque el de Costa Rica mantiene un perfil bajo, más digno de cariño, en un vestuario repleto de divos de impacto global.

Aun así, tras cada parada, Keylor Navas se ajusta ese chicho en la cabeza y se repeina la melena mientras eleva la vista al palco, esperando a que Florentino Pérez cruce la mirada con la suya. Quiere adivinar tras las gafas del presidente algo de compasión. Sucede que los cristales de Pérez le devuelven lo mismo que él intenta demostrar en la portería: reflejos. 

No Hay Más Artículos