Andrés Iniesta levantó la cabeza, vio su número en el cartel electrónico del cuarto árbitro, se desenfundó el brazalete de capitán y se dirigió a la banda. Cosechó abrazos y besos de sus compañeros, gestos de complicidad con la cabeza de algún rival que aún la tenía levantada con el 5-0 en el marcador, un apretón de brazos y una palmada en la espalda del árbitro, enfundó el brazalete en el brazo de Leo Messi e intercambiaron besos, y luego salió del terreno de juego por última vez en una final de Copa del Rey, la quinta seguida y la cuarta al hilo ganada, el título 31 de su carrera azulgrana En la grada, gritos de “Iniesta, Iniesta” y aplausos tanto de los aficionados del Barcelona como de los del Sevilla.

Un saludo emocionado a Carlos Naval, eterno delegado de campo del equipo culé, y un choque de manos rabioso con Ernesto Valverde, el entrenador que le ha permitido un año más de fútbol al máximo nivel con algo más de protección y menos recorrido en el campo. Luego, ya en el banquillo, las lágrimas de emoción por el homenaje. Es en lo que se convirtió la final de la Copa del Rey, un saludo a uno de los mejores futbolistas españoles de todos los tiempos que en breve anunciará su marcha a China. Lo organizó el Barcelona, lo presenció el Sevilla, que se llevó un 5-0 de recuerdo.

E Iniesta no fue un invitado más a la fiesta. Tuvo una participación decisiva y dejó para el recuerdo un gran gol, el 4-0 al poco de reanudarse el partido tras el descanso. No hubo mucha más historia porque el Barça salió a no dejar dudas y se comió a un Sevilla sin la tensión competitiva que requería la cita. Pronto quedaba claro que el equipo de Vincenzo Montella perdía la batalla en el centro del campo porque Rakitic, Iniesta y Busquets se comían a los creadores sevillistas. A partir de ahí, fue cuestión de activar a los solistas del Barça. Fue, de todas formas, un partido decidido por brillantes detalles individuales. El primero de todos, de Cillessen, discreto portero suplente que se sacó de la manga un espectacular pase de 70 metros para desnudar a Mercado y permitir que Coutinho le regalase el 1-0 a Luis Suárez. 

Después, el gesto de Jordi Alba, tras la mejor jugada de la noche, una pared con Iniesta iniciada por Messi desde el otro lado del campo, y un taconazo que permitió al argentino una nueva variante de la jugada que tantos réditos le ha dado al Barcelona. Messi marcaba así por cuarta final de Copa del Rey consecutiva. Poco después, el 10 dejaba un pase para el recuerdo que Luis Suárez, brillante en el inicio de la jugada, definía en el 3-0. Luego vendría el detalle de Iniesta, que tras apoyarse en Messi y tirar un desmarque como si fuera un delantero, amagó el tiro y dejó en el suelo a Soria antes de marcar a portería vacía. Cuatro gestos que marcaban la diferencia de calidad entre un equipo y otro. A veces el fútbol es tan sencillo como eso.

El Barcelona cumplió con el pronóstico y suma la Copa del Rey número 30 en su palmarés, la cuarta seguida, tras jugar las cinco últimas finales (sólo perdió aquella en una de las pocas ocasiones en las que Gareth Bale demostró por qué el Real Madrid se gastó un buen dinero en él). Al trofeo se le sumará en breve, quizás ya el próximo fin de semana en Riazor, el título de Liga. El doblete no es mala cosecha a pesar del fiasco en Champions League ante la Roma, pero será desprestigiado si y sólo si el Real Madrid gana la competición continental. A quien seguro que no le importan estas cuentas es a Ernesto Valverde, probablemente el más feliz de la noche en el Wanda Metropolitano, con su primer título en el bolsillo. 

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