Como si hubiese caído en la casilla de la muerte en un juego de tablero, el Sevilla ha vuelto a la posición de salida. Viendo a parte de la afición indignada por un cúmulo de decepciones (a saber: la humillante derrota en la final de la Copa del Rey ante el Barcelona; la irregularidad en La Liga; el crecimiento de su rival local, el Betis), con jugadores y directivos cuestionados, la cúpula de los hispalenses ha buscado una solución en las esencias, en la nostalgia que embarga a todos los sevillistas que recuerdan el inicio de un ciclo glorioso con el cambio de siglo. Solo así se explica que una temporada que comenzó con Eduardo Berizzo en el banquillo vaya a terminar con Joaquín Caparrós en el puesto de entrenador

El técnico utrerano desembarcó en Nervión dispuesto a cumplir el papel que se espera de él. Se presentó en su regreso llevando al paroxismo su imagen, tanto que hasta pareció que se parodiaba a sí mismo cuando en la víspera de su primer partido en el cargo (este viernes, contra la Real Sociedad) declaró: “He visto los ojos y los huevos de los futbolistas, y los llevan rojo y blanco (los colores del club)”. 

Aunque Caparrós convence a los más exaltados con apelaciones a los genitales y un carácter caliente, la verdad es que lo han contratado como extintor, un cortafuegos que aplaque los ánimos del sevillismo más crítico con la deriva de un club corajudo y que ha parecido blando en los dos últimos cursos. Perdida la brújula deportiva que marcaba Monchi, el director deportivo que edificó la mejor etapa del equipo y que ahora triunfa en Roma, en el Ramón Sánchez Pizjuán han apostado por un tótem sentimental. 

El entrenador de 62 años apadrinó entre 2000 y 2005 un Sevilla que subió a Primera División en el que brillaron canteranos como Reyes, Sergio Ramos o Jesús Navas y se consagraron como figuras internacionales Diego Alves y Julio Baptista. Los nostálgicos le atribuyen la simiente ganadora que ha perdurado durante casi dos décadas en las que llegaron un puñado de títulos para el club, eso sí, con el utrerano ya fuera de la caseta. 

Ahora retorna para entrenar cuatro partidos y reactivar a un grupo extraviado con el propósito de clasificarlo para competiciones europeas. Al término de la temporada se integrará en la estructura del club, porque el crédito del Caparrós entrenador se ha ido agotando progresivamente con experiencias perdedoras en Granada, Osasuna y el Al-Ahli Doha de Catar. 

Con jugadores como Banega, Navas, N’Zonzi, Ben Yedder, Sarabia, Correa o Franco Vázquez, se esperaba que el Sevilla practicase un fútbol de ataque y atractivo. Fue la tarea encomendada a Berizzo, con el que no hubo paciencia. El italiano Vincenzo Montella fue capaz de llevar al equipo a cuartos de final de la Champions League y a la final de Copa, pero no enderezó el rumbo en La Liga. Caparrós no está para sofisticaciones. Se sentó delante de un micrófono, habló del sentimiento sevillista y proclamó que “lo de ir al ataque son modas” y que “al final, el objetivo es ganar el partido”.

Las cosas, gusten más o menos, claras al fin en el Sevilla. 

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