En el Congreso de los Diputados se debatía una moción de censura contra el presidente del Gobierno de España, Mariano Rajoy, cuando un rumor empezó a correr por las redes sociales y, entonces sí, los españoles sintieron un auténtico vacío de poder: Zinedine Zidane iba a dimitir de su cargo como entrenador del Real Madrid. Para muchos ciudadanos el equipo blanco es un pilar sentimental del país, así que la agitación fue al menos tan grande, sino mayor, que la causada por la precaria situación del poder ejecutivo del Estado. Y poco después, sentando al lado de Florentino Pérez en una rueda de prensa convocada de urgencia, Zizou pinchó el último globo aún hinchado de la fiesta por la victoria en la final de la Champions League frente al Liverpool.

El técnico francés, que pudo cantar aquella de Gainsbourg (“Je suis venu te dire que je m’en vais“), eligió expresarse con calma en su pausado castellano: “He tomado la decisión de no seguir el próximo año. Es el momento para todos, para mí, para el club y para la plantilla. Sé que es raro, pero hay que hacerlo. El equipo tiene que seguir ganando y para eso necesita un cambio”. Y tan raro, pensó todo el mundo. En solo dos temporadas y media como gestor de la primera plantilla, el hombre que llegó bajo sospecha para sustituir a Rafa Benítez, se retira con nueve trofeos (tres Champions League; una Liga; una Supercopa de España; dos Supercopas de Europa; y dos Mundiales de Clubes). 

Explicó Zinedine Zidane que intuía el final de un ciclo. Quizás el berrinche de Cristiano Ronaldo tras la final de Kiev y las ganas de Gareth Bale de ponerse en el mercado, le animaron a sacarse de en medio antes de afrontar un verano complicado. “Soy ganador, no me gusta perder. Y si tengo la sensación de que no voy a ganar, hay que hacer un cambio”, dijo. Y se ve que el cambio comenzaba por él: “Si no veo claramente que vamos a seguir ganando y no veo las cosas claras, como yo quiero, es mejor no seguir y no hacer tonterías”.

Él, que fue la mayor estrella en el Madrid de Los Galácticos, puede comprender el hastío de las figuras ante la rutina: “Después de tres años la plantilla necesita otro discurso, otra metodología de trabajo y por eso tomé esta decisión”. Con total honestidad, apuntó Zidane a la decepcionante temporada en La Liga (los blancos terminaron terceros, a 17 puntos del Barcelona) como señal definitiva: “Conmigo hubiese sido complicado ganar el año que viene. Lo hemos visto, ha sido complicado este año en Liga, momentos que yo no olvido. Si se trata de vivir otra temporada y que acabe mal, no quiero. Quiero que se acabe bien esta etapa en el Real Madrid”. 

Acabó de manera inmejorable. Perpetuado en la memoria del madridismo con la imagen de aquel escorzo para rematar una volea que había sido el mejor gol de una final de Champions hasta la chilena de Bale, ahora deja otra foto fija difícil de superar en el banquillo: la de un entrenador testarudo que confiaba en su grupo más de lo que lo hacían directivos, prensa y afición, uno capaz de frenar un fichaje del presidente; la del segundo técnico más laureado en la longeva historia del club, solo por detrás de los 14 títulos de Miguel Muñoz; la de quien, tras despedirse como jugador con la más baja nota posible, agrediendo con un cabezazo a un rival en un final de la Copa del Mundo, aprende a decir adiós como técnico en un momento de gloria. Quizás cuando le regaló la titularidad en la portería a su hijo Luca en el último e intrascendente partido de La Liga, Zizou estaba empezando a despedirse

“Es (una decisión) totalmente inesperada”, aseguró a su lado Florentino Pérez. Nadie se lo cree. El Real Madrid no espera por nadie. Ni por Zidane. A estas horas, la noticia de su renuncia empieza a perder peso en las portadas de la prensa deportiva mientras crecen en tamaño aquellas otras que hablan de posibles sucesores: Pochettino, Conte, Löw, Wenger… A ninguno de ellos lo va a querer tanto el madridismo como al francés. 

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