Los hay que lo defienden reclamando un fútbol más justo. Sus detractores, que acabará con cualquier atisbo de emoción. Es lo que despierta el VAR. Legiones posicionadas a ambos lados del cuadrilátero de un debate que promete ser eterno. Y a tenor lo vivido en los últimos días, las hordas contrarias ya tienen una nueva arma de destrucción masiva: la tecnología genera caos allá por donde pasa.

El episodio clave sucedió en la reciente Supercopa holandesa. Se medían Feyenoord y Vitesse. Con 1-0 en el marcador, el ariete Matavz caía derribado en el área por El-Ahmadi. En ese momento, el arbitro dejó continuar y el campeón de la Eredivisie lograba ampliar su ventaja por medio de Jorgensen. Sin embargo, y para sorpresa general, el colegiado decidió entonces revisar la jugada previa. Efectivamente, era pena máxima, por lo que se anuló el tanto y el Vitesse igualó desde los once metros.

Igualmente, el Feyenoord resultó campeón en la tanda de penaltis. Y quizás por ello aquel incidente pasó de puntillas. Pero el desconcierto de aquellos minutos demuestran que al VAR le queda mucho por hacer (o deshacer).

Porque lejos de caer en el olvido, el empleo de la tecnología empieza a convertirse en noticia diaria. En la Supercopa de Europa, Casemiro adelantaba al Real Madrid con un gol, cuanto menos, discutible. Que si el brazo, que si son pocos centímetros, que si hay que dejar seguir en caso de duda… Menos mal que a posteriori ofreció soluciones el que más sabe en la sala de prensa.

Sea una pataleta o tenga razón, ni rastro del VAR en el choque entre campeones continentales. ¿Cómo es posible, entonces, que sí se recurra a él en un amistoso disputado entre el Betis y el AC Milan?

Lógico, por tanto, que tantas voces empiecen a ver el fútbol como un cachondeo y no como el espectáculo que debería ser.